En octubre de este año iremos a una nueva contienda electoral presidencial. La oposición ha estado concentrada en criticar la postulación ilegal del binomio Evo-Álvaro como correspondía. Sin embargo, el lente debe estar puesto no solo en esta justa demanda, sino en las condiciones de las elecciones. Conviene tenerlo presente en todo momento: las elecciones serán absolutamente desiguales. Los gobernantes enquistados en el poder difícilmente lo sueltan. La historia juega en nuestra contra. Sí, y esta es y debe ser la tesis de partida: las cifras históricas de la historia de la democracia –la democracia electoral- no nos favorecen. De acuerdo al notable politólogo Adam Przeworsi, entre 1788 y 2008 el poder político cambió de manos como consecuencia de 544 elecciones y 577 golpes de Estado. ¿Qué significa ? Que, a quienes no se quieren ir, se los ha tenido que sacar a la fuerza en más ocasiones, en comparación a su salida pacífica. La historia pone en evidencia que la fuerza ha sido más efectiva que la elección.

¿Qué más nos dice este académico de la política? Pues, que desde 1801 se han producido aproximadamente 3.000 elecciones presidenciales: “las derrotas de quienes estaban en el poder eran inusuales hasta hace poco y el cambio de gobierno pacífico fue menos frecuente todavía: solo una de cada cinco elecciones nacionales tuvo como resultado la derrota de aquellos que ejercían el mando y la cifra es aún menos con el cambio de gobierno pacífico”. ¿Qué tal? De acuerdo a la historia, tenemos solo un 20% de posibilidades de vencer. Y, ojo, ese porcentaje incluye victorias no solo electorales, sino violentas (sea golpe, sea revolución), lo que significa que electoralmente hablando, nuestras posibilidades históricas, siempre siguiendo el promedio mundial, deben estar en el orden del 5 al 15%. No más. No hay pues duda, la historia juega en contra de quienes hemos votado por el No el 21 de febrero de 2016. Ello parece sellarse con una nueva constatación del profesor Przeworski: “Hasta 2008, 68 países, incluidos Rusia y China, nunca han experimentado un cambio de gobierno entre partidos como consecuencia de una elección”. Reitero: la historia no nos favorece.

¿Qué certezas podemos ofrecer a partir de estas cifras? Al menos tres. Una, la tesis de repentino convencimiento del valor de la democracia no es más que publicidad gubernamental. Frases como “las urnas van a definir el destino del país”, “la democracia es sabia y va a ser elegido el mejor” o “no tengan miedo al voto”, son mera propaganda de gobierno. No hay tal. Las urnas tienen un porcentaje menor de probabilidad de definir el destino del país, pues más chance de definir ese destino lo tiene la trampa en cualquier manifestación; no va a ser elegido el mejor, va a ser ungido el más fuerte (que claramente no es el mejor); y no es que haya miedo al voto, lo que hay miedo es a que no se respete ese voto y pese más una resolución de cinco magistrados pagados o lo que se le ocurra a los esbirros del poder.

Dos, la tesis de que votar es sinónimo de elegir entra nuevamente en cuestionamiento. Los datos de la historia son certeros: se vota pero no se elige. Qué duda cabe que los ejemplos más renombrables de esta realidad son China o Rusia donde se vota a un ritmo de una elección por año, pero sin que haya una verdadera rotación de élites. Ya vivimos algo similar en nuestra propia historia: votábamos por un candidato que obtenía la votación más alta pero salía elegido en el Congreso el segundo o tercero en apoyo electoral (seguramente el caso de Jaime Paz Zamora es el más evidente. Salió en tercer lugar y obtuvo la Presidencia). Al parecer octubre podría refrendar los datos del prestigioso profesor solidificando su certeza una vez más: votaremos pero no elegiremos. Su majestad ya fue elegida.

Y, tres, cabe concluir con una tesis más reflexiva que se constata una vez más con las cifras observadas: no hay nada más revolucionario que la democracia y, como reverso igualmente cierto, no hay nada más conservador y arcaico que la preservación del poder con el uso de la fuerza o de la maña (o ambas). Me complace señalar esta última y definitiva certeza: quienes se coaligan con Evo buscando beneficios, quienes amañan datos electorales y quienes reprimen aunque se sientan muy astutos y originales, no se dan cuenta que son meros continuadores de la historia más vulgar de la humanidad: aquella del garrote y la viveza. Me complace comprobarlo pues me doy cuenta que los demócratas somos quienes marcamos la diferencia en milenios de historia. No hay nada más común, prosaico y conservador que no querer dejar el poder y atragantarte con él para beneficio personal o corporativo. Los astutitos de toda laya que se juran muy inteligentes por buscar destruir a Mesa con un juicio, inventarse historias cavernarias (esto es una guerra de t´aras contra q´aras) o apropiarse del erario público en sendas negociaciones clandestinas, son réplicas duraderas de lo más perenne y oscuro de la historia de esta especie. A esos solo podemos responder con la certeza churchilleana: la democracia es sin dudas el peor modelo de gobierno…con excepción de todos los demás”.

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