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El peligro de las posiciones extremas

Editorial El Deber Hace 11/2/2019 7:00:00 AM

Santa Cruz ingresa en el undécimo día de huelga y bloqueos. 

En el horizonte no se observa ninguna posibilidad de salida a este conflicto, que probablemente es el más sostenido y largo en la también larga era de gobierno de Evo Morales.

A estas alturas, los actores de la crisis y sus demandas han sufrido una acelerada mutación en una ruta de radicalizaciones de todas las posturas. 

El Gobierno con su persistencia de declararse ganador de las elecciones en primera vuelta, ignorando completamente las irregularidades del proceso y el fraude hasta ahora más que evidente.

 Comunidad Ciudadana, con su líder, Carlos Mesa, que tiene como posición más reciente el rechazo al trabajo de la auditoría de la OEA en las actuales condiciones. 

Mesa acepta un trabajo de auditoría, pero con otras condiciones. Y finalmente los comités cívicos y el Conade, que tienen como su última demanda el pedido de renuncia del presidente Morales, la convocatoria a nuevas elecciones sin la participación del binomio oficialista, el rechazo al candidato Carlos Mesa y la elección de un nuevo tribunal electoral confiable.

Estas posiciones radicales plantean nuevos escenarios. El peor de ellos es el agotamiento de las vías de negociación y el peligro de que, al no haber puentes de diálogo posibles, la tensión se decante por mayores episodios de confrontación, dejando más víctimas y más dolor a los bolivianos.

El prolongado conflicto boliviano también está golpeando el bolsillo de los ciudadanos; desde el que vive de ingresos que genera a diario, pasando por la incertidumbre que siente el asalariado respecto a su fuente de trabajo y llegando a los responsables de las empresas que exportan, que deben cumplir responsabilidades tributarias, pagar sueldos, etc. Los niños están sin escuela desde hace 11 días y, según el Ministerio de Educación, ese será tiempo que se tendrá que recuperar.

Si bien se siente la convicción ciudadana en la protesta, es cierto también que hay un estrés colectivo porque no se ve un horizonte claro. 

Las trincheras son demasiado profundas, tanto que los actuales adversarios políticos no pueden ni verse, menos ponerse de acuerdo. Los adolescentes y los niños son testigos de las posiciones irreconciliables y para ellos es ahora más fácil incorporar esa actitud, más que la inclusión y la validación del otro, aunque piense diferente. Y aquí hablamos de ambos lados del conflicto.

La descalificación no es el camino. El insulto parte aguas y divide a la sociedad. La convicción respecto al ideal de la democracia puede ser distorsionada y convertirse en intolerancia. 

Es por eso que, en estos momentos de tanta tensión, la razón debe imponerse sobre los impulsos que conducen a generar más distancia y menos alternativas de solución.

Hay quienes dicen que Bolivia se salva justo antes de caer por el despeñadero. Así ha sido en momentos críticos de la historia nacional, pero eso no es garantía de que siempre va a ser de la misma manera. 

Los principales protagonistas de este momento, los líderes que convocan y deciden sobre el destino esta nación, están llamados a pensar en Bolivia en primer lugar. 

Aquí no valen los dobleces que ocultan intereses personales o sectarios, porque hay un pueblo que se está sacrificando. 

En su análisis, deben proyectar al país para los próximos 10 o 20 años y debe prevalecer el bien común, con estandartes esenciales como son la democracia, la libertad, la convivencia armónica entre los habitantes y la paz social.