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Temporada de zopilotes

Hace 12/5/2019 7:00:00 AM

Texto: Javier Medrano

No todo en tiempos de crisis es malo. Cuando se produce un desequilibrio social, económico y cultural surgen momentos reveladores sobre las causas probables que gatillaron el desbarajuste. Existe una toma de conciencia social y política frente al momento crítico y asumir el desafío de adoptar medidas de ajuste y reparación con miras a encauzar la crisis y restablecer los equilibrios perdidos.

Pero también es imprescindible reflexionar que las personas cuanto más control pierden del devenir del mercado, de sus derechos y beneficios, incluso cuando perciben que el Estado se torna en un abusador, la sociedad se atrinchera en espacios, en territorios, en ideologías e incluso acuden a la protección de creencias religiosas en busca de un salvador que redima al pueblo de los agravios y oprobios de un dictador o de una crisis económica y social. Surgen los fanatismos y los extremismos donde los actores sociales construyen sus propias comunidades, donde el valor radica en su reconocimiento de pares, antes que en una cuenta bancaria.

En esta fractura social aparecen los gérmenes de la xenofobia y la intolerancia.

Un clarísimo ejemplo de este fenómeno se vivió en Europa tras la caída de los mercados financieros e inmobiliarios. Los partidos y los Estados iniciaron políticas de ajustes económicos severos, exigieron verdaderos sacrificios a los ciudadanos para salir de la crisis económica generada, además, para colmo de males, por grandes conglomerados financieros y el ciudadano de a pie se vio sumergido en un pozo profundo de incertidumbre, depresión y hastío.

Pero lo peor de todo es que durante la crisis, empezó a destaparse una retahíla de casos de corrupción política que terminó por horadar la confianza en el sistema partidario representativo. Mientras los ciudadanos hacían malabares para sobrevivir, una élite acomodada se iba de rositas y dejaban a los Estados la responsabilidad de solucionar un zafarrancho heredado y provocado por ellos mismos.

Acá es donde surgen aquellos momentos de lucidez. De redención en medio de una crisis. La ciudadanía se autodefiende. Construye sus barreras, sus antídotos y se blinda frente a la crisis moral, política y económica.

Surge una lucha por el poder que en las sociedades democráticas pasa por la política mediática, la del escándalo y la del poder autónomo de queja y reclamo público de los ciudadanos, a través de sus propios canales informales de lucha social -el fenómeno de las pititas-. Las crisis de legitimidad partidaria se hacen evidentes y los ciudadanos le echan gasolina a los tildados de culpables con mensajes negativos e insultos en una enorme espiral de autodestrucción colectiva.

Y como todos, ya sea como ofensa o defensa, se inicia un proceso de acumulación de municiones para estar lo mejor preparados para enfrentar la batalla de la política escandalosa, donde todos saben a la perfección que los mensajes negativos son cinco o más veces eficaces que un solo mensaje positivo.

El problema es que, en esta situación entrampada, la gente defiende a ‘su corrupto’ frente al ‘corrupto’ de enfrente, porque al final del día todos son corruptos a su manera, a su estilo la ciudadanía se ve enfrentada a una temporada de zopilotes.

Razón por la cual, las crisis son positivas, después de todo. Nos permiten darnos cuenta de estas problemáticas y nos obligan a reflexionar como país que estamos viviendo un profundo desasosiego de valores morales y éticos.