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Silvana Vincenti

“Éramos felices y no lo sabíamos”, exhala Eduardo (31) cuando acaricia un pasado en el que desearía acurrucarse.

Ahora su patrimonio es un colchón de paja –compartido-, unos clavos en la pared para colgar su ropa, un par de bolsas de golosinas que vende en los micros para comer y dar de comer a su hijo y padres en Venezuela.

Hace poco dormía en un cuarto con puerta metálica a la calle, dentro de una casa, donde una veintena de sus compatriotas compartía baño y miserias. Pagaba entre Bs 500 y Bs 100 por la luz. Eran tantos que los sacaron. Hoy están cuatro en un cuarto en el que sufre por las altas temperaturas, que cuesta Bs 1.000. Por las noches sale a la acera a tomar agua con hielo de la heladera de una vecina.

La nostalgia es su forma de evadir un presente que con eufemismo cataloga de ‘fuerte’. Es uno de los casi cinco millones de venezolanos, según datos de la Agencia de la ONU para los Refugiados (Acnur), que pululan por el mundo, por el éxodo y la crisis humanitaria que todos conocen y nadie resuelve.

Desde el 2017, lo que fuera un país de tránsito, Bolivia, empezó a ser improvisado hogar. Acá les iba ‘menos mal’ que en otros sitios. Que no les griten ‘venecos de mierda’, como en Perú, ya era un avance.

De vez en cuando, Eduardo se refugia en lo que alguna vez fue, jefe en una empresa de litografía que paseaba en moto (dice con orgullo), tenía la nevera llena y dormía abrazado a su hijo, mientras este le decía “te amo”.

Trata de borrar de su mente que un mes antes de las elecciones del 20 de octubre, Migración e Interpol atraparon su ilegalidad en La Ramada y lo dejaron, sin opción a recoger sus cosas, en la frontera con Paraguay con solo Bs 100. De ahí regresó. Caminó por 12 horas, seis de ellas sin comida ni agua, durmió en la autopista (después le dio bronquitis) y supo lo que siente un delincuente (los de verdad) cuando es cazado.

Hoy está de nuevo en Santa Cruz, trepándose a los micros para juntar los $us 30 al mes que manda a su familia que ‘sobrevive’ en Venezuela.

Lo que no ha podido hacer es tomarse una botella completa de ron a solas, tampoco correr y correr y gritar sin que nadie lo detenga. Jura y perjura que necesita la catarsis. Mientras tanto, pide a los bolivianos que no les tengan miedo, “somos profesionales que venimos a luchar por un futuro”; a Dios le ruegan otra cosa, “hazme invisible para Interpol y Migración”.

Joseph (27) no soportó la soledad. Trajo a su esposa y sus gemelas de dos años, no le importa gastar Bs 100 diarios en comida, con tal de tenerlas cerca. Con la venta de dulces, cada día saca entre Bs 120 y 150 en promedio, antes le iba mejor. En algún momento quiso volver a su país, pero recordó que allá no puede ni comprar una manzana. Y cuando la come acá, es imposible mostrarlo en redes, no quiere estrujar sus ‘lujos’. De la autocensura se encarga la culpa. Cuando llegó a Bolivia, le invitaron churrasco y se le nubló la vista, “con ese pedazo comía dos días mi familia allá”, confiesa.

En Bolivia encontró la cura para el hambre, pero no termina de sentir que es su hogar. “El nido no lo tengo, no tengo un cuarto, por lo menos en el que pueda dormir y compartir con mis hijas, despertar y ver a mi esposa”, dice.

Mientras tanto duerme con otros venezolanos que se alternan para recibir a este administrador de aduanas, que la primera vez que subió a un micro a vender dulces sudaba frío y temblaba.

El efecto se repite en la mayoría cada vez que debutan. “Si tuviera papeles trabajaría en otra cosa. Siento vergüenza, nunca me vi haciendo esto, pero la vida da muchas vueltas y esta es la manera que tengo ahora para alimentar a mis hijas. Siento que soy incómodo, no amamos este tipo de trabajo, lo hacemos por necesidad”, se disculpa y hace un pedido a los bolivianos: “Hay mucha gente que quizás no tiene para comprarme una golosina, pero quizás una palabra de aliento, que digan ‘no tengo’ con una sonrisa. 

Duele que finjan que no existimos. A los choferes, está bien si no podemos subir a los micros, pero no nos traten mal, no nos bajen a gritos. Esta tarea ya es difícil y les agradecemos, por ustedes nuestras familias comen aquí y en Venezuela”, dice.

Joseph llegó al país en marzo; cuando pasaron sus tres meses de estadía como turista pidió refugio al Consejo Nacional del Refugiado (Conare) y nunca llegó la respuesta de La Paz. Viajó a los 60 días hábiles, para enterarse de que le negaron la solicitud a los 15 días.

Ya tenía multas, y hasta el momento, con toda su familia, suman $us 1.000 en sanciones económicas, aparte tendrían que pagar, cada adulto, como $us 700 por el trámite de residencia temporal.

Los venezolanos coinciden en que Bolivia es el país más caro de su ruta en cuanto a trámites de estadía. En Ecuador cuesta $us 40 y, sin embargo, muchos desean quedarse. “Acá no hay xenofobia”, asegura Eduardo.

Enrique (29) es policía, desertó y se vino porque es quien mantiene la casa y su sueldo no alcanzaba; además, tenía pánico de que su madre muriera con él lejos. Regresó a Venezuela hace un par de semanas.

El día que llegó se quebró la pierna y apenas consiguió yeso. Ahora necesita ayuda, quiere operarse, no hay los insumos médicos en su patria, a la que servía como uniformado y por la que recibió una bala en el Metro de Caracas hace un año.

Asegura que nunca le tocó reprimir a su gente porque siempre se inventaba alguna excusa. Mientras estuvo aquí, no pudo con la tristeza de estar lejos y de tener que vender caramelos y esconderse. Uno de los días previos a la elección, cuando Migración estaba en las calles, por ocultarse solo reunió Bs 29. Tuvo que prestarse para comer.

Albialis (34) quiere irse también, muere de ganas de ver a su hijo; solo el augurio de hambre la hace repensar la decisión, y la falta de plata para pagar las multas y el pasaje de retorno.

Está harta de vivir con miedo. “No somos delincuentes, nos pasamos mirando los carros, las motos, pendientes de la gente y aunque desearía traer a mi hijo, no quiero que viva esto”, confiesa. Por ahora, disfruta el sabor del pollo, la carne de res que no podía comer en su extrañada Venezuela. Ya es otra extranjera en condición de ilegal, que empezó cuando se negaron a sellarle el pasaporte a los 60 días de arribar.

Keylis, experta en educación y danza, ya podría dar cátedra de empezar de cero. Lo hizo en Perú y, desde hace ocho meses, en Bolivia, donde llegó con su esposo y su hija de cinco años. Empezar es mejor que tirarse a la cama a llorar por no tener comida para dar a su pequeña en Venezuela. Cuando llegó, por Desaguadero, se negaron a sellarle el ingreso, así que entró sin permiso y con su familia.

“Aunque algunos bolivianos dicen que la situación acá no es tan buena, para nosotros es una maravilla porque venimos de una economía catastrófica, devastada”. Con ventajas incluidas, no es fácil ser migrante, “a uno le pega la depresión, quiero mi baño, mi cuarto, pero después recuerdo que puedo alimentar a mi hija”, agradece.

Marina ya no se infarta con las extorsiones. Desde que entró recibió su ‘bienvenida’, cuando en Desaguadero le pidieron Bs 200 para sellarle el pasaporte. 

“Migración te lleva y te da una carta de orden de salida en tres días, pero la Policía te deja todo el día encerrada, esperan que se vaya la mayor parte de los funcionarios para pedir dinero cuando quedan pocos. Puedes decir que no tienes, pero ellos se quedan con todas tus pertenencias, saben cuánto tienes y te deducen la multa, me ha pasado como tres o cuatro veces. Para mí todo mundo es Interpol y es Migración. No tenemos paz, somos la cacería de moda, el negocio perfecto para los agentes de Bolivia”, cuestiona.

Marina no pudo ir al entierro de su padre, hace dos meses, tenía que elegir entre pagar los gastos fúnebres o viajar, y prefirió ver el cuerpo inerte por videollamada. “Parece sádico, pero es quien le dio la vida”, la justifica Eduardo.

“Mi madre me enseñó que debía ser un hombre de bien, pero nunca me dijo que un mal gobierno podía arruinarme la vida”, dice José, abogado inmobiliario por experiencia, vendedor de dulces por circunstancia.


El ansiado refugio

El analista internacional Álvaro del Pozo dice que el problema de los venezolanos es que vienen como turistas, no en calidad de refugiados. “Las condiciones se hacen más desfavorables, buscan suerte, pero luego se encuentran en vulnerabilidad jurídica. 

El nuevo gobierno, al ser transitorio, poco podrá hacer, y la agenda política interna demanda mucha atención a otros temas”. Explica que si un gobierno acepta refugio, reconoce que el país de origen implica cierto peligro para la vida. “La ideología afín entre el anterior Gobierno de Bolivia y Venezuela no iba a permitirlo. 

Hay que investigar en el Conare cuántas solicitudes de refugio hubo”, sugirió. 

EL DEBER insistió por dos semanas con Conare y la Cancillería sin éxito; sin embargo, el nuevo director departamental de Migración en Santa Cruz, Héctor Montero, reconoció que no existe información confiable por el momento y que nunca se aceptaron los pedidos de refugio de los ciudadanos venezolanos. “Si lo hacían le darían la razón al mundo de que hay crisis humanitaria”, dice y sugiere apelar a la diplomacia.

ENTREVISTA

Marcel Rivas / Director Nacional de Migración

“Más adelante daremos información en el marco de la transparencia”

¿Hay un censo de venezolanos en Bolivia?
A la fecha se tienen registrados 2.114. La irregularidad migratoria no deja registro; sin embargo, de los operativos de control migratorio, las personas intervenidas y sancionadas con salida obligatoria, es decir expulsión, representan 28,77%.

¿Cuál es la política de este Gobierno de transición?
La línea es de respeto a las garantías y libertades constitucionales, con énfasis en la protección de los derechos fundamentales de los habitantes y estantes en el país. El Estado precautela la migración segura y ordenada, previniendo situaciones de vulnerabilidad, como la trata y tráfico.

Tienen multas y no plata
El 3 de octubre concluyó un proceso de regularización dirigida a los migrantes extranjeros y para el caso de encontrarse irregulares no existen multas para los migrantes venezolanos, dado que ni siquiera cuentan con salida regular del país limítrofe.

¿Habrá deportaciones?
La salida obligatoria es la sanción más grave. Esta medida administrativa es impugnable por razones humanitarias o de reunificación familiar.

¿Es legal negarles el visado de ingreso?
Los migrantes venezolanos pertenecen al Grupo I de países, por tanto, no necesitan visado y pueden ingresar con la sola presentación de su documento de viaje y la constancia de salida del país limítrofe de procedencia.

¿Cómo están las solicitudes de refugio?
Son tramitadas ante el Conare, perteneciente a la estructura del Ministerio de Relaciones Exteriores. Migración será respetuosa del estatus de refugiados y de solicitantes de este instituto jurídico del derecho internacional, con estricto apego a la Ley 251 que rige en esta materia.

¿Hay transparencia en los datos de la otra gestión?

Estamos encarando una labor de relevamiento sobre este y otros temas; en el momento que tengamos opinión formada se brindará información a la sociedad, en el marco de la transparencia en el desempeño de la función pública.