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Incesante. La historia de Juan Bustillos es la de una artista que no para de trabajar, que, desde que renunció a ser un asalariado, abrazó el arte y nunca lo soltó. Y nunca descansó. Han pasado casi cuatro décadas de una determinación transformada en un estilo de vida, a base de crear obras que llevan la marca de un experto en el fuego y la gubia.

Esas dos herramientas de trabajo le dan nombre a la nueva muestra del maestro escultor, que se exhibe desde el jueves en Manzana 1. Son más de una treintena de obras en bronce y madera, distribuidas en las cinco salas temáticas del céntrico espacio de arte.

Mitología griega, embarazadas (un tema recurrente en su labor creativa); figuras abstractas y rostros enormes con labios gruesos habitan el universo de Bustillos, en una serie que le tomó cerca de dos años concluir.

Las obras en madera fueron talladas a escala mayor. Son cabezas y rostros a los que se ha querido imprimir fuerza e impacto. Es el inicio de una serie que continuará en una próxima muestra.

Todo el material es reciclado de árboles urbanos de cupesí, toco, trompillo y tipa. Bustillos se encarga de recoger los árboles que se talan o se derriban por diversas circunstancias, como también los que caen por la fuerza del viento.

Bronce que cobra vida

En la mayor exposición de esculturas en bronce que se ha hecho hasta ahora, la escala humana cobra un valor especial. El artista asegura que la experiencia es similar a retratarse a uno mismo, aunque las figuras sean femeninas. “La escultura adquiere otra cualidad cuando está hecha a esa escala, da una impresión diferente, como un retrato”, explica.

Bustillos continúa investigando sobre las diversas técnicas de fundición de metales. La experimentación con el bronce ha sido una constante en su trabajo de los últimas dos décadas. La belleza de esta nueva serie es un ejemplo de esa labor. Son mujeres de metal, coronadas de vegetación. En sus cabellos se lucen hojas de ambaiba y racimos de palmera. La idea es conseguir otras texturas, a partir de las posibilidades que da la fusión del bronce y diversos materiales.

“Se trata de atravesar algunos límites para saber hasta dónde se puede llegar con la fundición del bronce. La sorpresa, generalmente, aparece en el acabado”, señala.

Laberinto

Es una obra en bronce y cupesí, que nació de la idea de elaborar una escultura con Luis Bredow como protagonista. El reconocido actor boliviano había quedado en ser modelo de Bustillos, pero la intención original sufrió un cambio drástico. Bredow se encontraba en el aeropuerto Alcantarí de Sucre, dispuesto a subir al avión que lo traería de retorno a Santa Cruz, cuando un toro atravesó la pista y lo embistió.

A pesar del accidente, que lo llevó al hospital, Bredow se tomó con humor lo ocurrido. Y Bustillos decidió que la obra original debía cambiar de tema. Así nace una escultura inspirada en el mito de Ariadna, la hija del rey Minos y Pasifae de Creta, cuyo padre tenía en un laberinto al minotauro, a quien había que alimentar con gente ateniense cada nueve años.

Es una de las esculturas más impresionantes, de todas las que se exhiben en Manzana 1. La luz, la escala de las figuras y la representación del relato mitológico convierte la sala en una especie de escenario teatral.

¿Se puede vivir del arte?

“Todos podemos vivir del arte, pero para ello hace falta mucho compromiso”, asegura Bustillos. “El arte no se hace un domingo, en días feriados o cuando tenemos tiempo libre. Es un oficio que requiere muchas horas de trabajo. Sin duda, se puede vivir del arte dignamente”, subraya.

Juan se convenció de eso hace más de 30 años, luego de renunciar a su trabajo en una empresa maderera y de negarse a seguir teniendo un empleador. “Se puede decir que los primeros diez años la pasé mal. Pero luego la cosa empezó a mejorar. Y nunca me arrepentí de la decisión, a pesar de que estuve a punto de claudicar”, confiesa.

Juan Bustillos llegó a Santa Cruz de la Sierra a principios de los años 80, proveniente de La Paz (nació en Los Yungas). En una tarde soleada de octubre de 1985, viajaba en el colectivo por el segundo anillo y vio un cartel que decía ‘clases de pintura y cerámica’. Interesado, se acercó para preguntar por los cursos. Así ingresaba por primera vez al Taller de Artes Visuales, histórica institución formadora de artistas, fundada en los años 60 por el húngaro Jorge Rósza.

“Recuerdo que entré y me encontré con Roy Prinz, David Paz y Herminio Pedraza; los vi trabajando y decidí inscribirme. Así empecé a pagar los cursos, que me costaban la mitad de mi sueldo en aquella época (risas). Aprendí diversas cuestiones del arte totalmente diferentes a lo que yo estaba haciendo”, relata.

“El taller fue un oasis para mí, una vez que ingresé nunca más me separé del arte. Eran años difíciles en los que se vivía la hiperinflación, que lo complicaba todo para alguien que quería dedicarse al oficio”, añade el escultor.

El artista logró vender la primera escultura que realizó siendo estudiante. Tres décadas después la compró a un precio mucho mayor al mismo comprador.

Bustillos, que ganó una beca para estudiar escultura en Japón, aprendió a fundir el bronce en tierras orientales. Tuvo la ventaja de haber estudiado arte cuando ya sabía tallar madera. A pesar de todas las dificultades que pueden conllevar el oficio, supo valorar la escultura como un arte para pocos privilegiados.

“Uno trabaja en un ambiente amplio, con herramientas de peso, que hacen mucho ruido, que hacen mucha basura y molestan a la familia y a los vecinos. Uno trabaja con un arte al que le cuesta encontrar espacios adecuados para ser expuestos. Las dimensiones de las obras te obligan a improvisar lugares y a lidiar con el traslado de las mismas. El que quiera comprar una escultura tiene que pensarlo bien, porque se trata de un elemento bidimensional, que va a ocupar un lugar en su sala, a diferencia de un cuadro, que se ubica sin problemas en la pared. La gran ventaja es que los escultores somos pocos y tenemos la posibilidad de ser más visibles”, asegura.

Entre esos privilegiados, Bustillos resalta la labor del extinto Marcelo Callaú, al que considera su gran maestro y dueño de una obra universal.

Esa experiencia y aprendizaje le permitió ser maestro escultor de nuevas generaciones de artistas, que se han formado en el taller del Búho Blanco, su hogar y espacio de trabajo por el que fluye la savia nueva de la escultura local.

A Bustillos lo alienta el avance y las oportunidades que se le ha dado a la labor de nuevos escultores, aunque considera que la oferta de formación en arte en la ciudad es insuficiente. “Hay una carrera en la universidad pública, más no así en las otras 14 universidades privadas”, reclama.

Se empeña en difundir el valor de la escultura como un arte que puede ser disfrutado en cualquier espacio público y privado. Le interesa que la gente se apropie de las obras, como ha ocurrido con la estatua de Gladys Moreno, que se encuentra en la Manzana Uno. Le gusta que se acerquen a tomarse fotos, que la rodeen e, incluso, que bailen con ella y la abracen. “La idea de ponerla a la altura de la gente es que se la pueda sentir cercana, no verla desde abajo en un pedestal”, expresa.

En los últimos años, Juan Bustillos organizó simposios de escultura que se han convertido en actividades referentes del arte en la ciudad. Su inquietud y olfato de escultor lo llevó a San Javier, una población rodeada de rocas de granito, que lo motivaron a crear un espacio de arte en el sitio conocido como la Piedra de los apóstoles. Para marzo de 2020 tiene planificado una nueva versión del simposio internacional de escultores en el lugar, con un giro hacia el arte contemporáneo.

Le entusiasma la idea de seguir trabajado con una población que, en un principio, fue indiferente a sus propuestas y ahora es agradecida con su labor.