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¿Una oportunidad perdida?

Carlos Dabdoub Arrien Hace 12/10/2019 7:00:00 AM

En los sucesos políticos y sociales acaecidos luego de 21 días heroicos de paro indefinido, observamos cambios sociales llamativos en la comunidad cruceña. A nadie escapa que en esta “revolución de las pititas alegres” –contingencia de análisis sociológico a plasmarse en libros que cuenten esta historia para remembranza de las futuras generaciones–, evidenciamos un mejor trato y mayor solidaridad entre vecinos (olla común), escuchamos felices el saludo matutino y fresco que afloró de los labios entre la gente reunida en rotondas, puntos de bloqueo o al caminar por las calles, los hijos estuvieron más tiempo juntos a sus padres que en cualquier otro momento, barrimos calles y aceras, la delincuencia y la violencia intrafamiliar disminuyeron como nunca. Luego llegó la victoria memorable que consiguió la observancia a los derechos ciudadanos, ávidos de libertad y de justicia.

Ahora llega la hora de ver la otra cara de la misma moneda. Me refiero a otros ‘deberes’ que nos corresponde cumplir como ciudadanos. No pensemos que eligiendo a autoridades probas e inteligentes, este país mude su presente. 

Ello sucederá cuando todos cambiemos aquellas conductas que denuestan principios y valores y sólo alimentan la consabida “viveza criolla”. 

¿De qué vale un meritorio alcalde, si continuamos arrojando la basura a la calle, si pisamos el césped de los parques o pintarrajeamos las paredes de nuestras escuelas y mercados? ¿Para qué un candidato honesto o un presidente inteligente, intachable, si los subalternos roban a cómo de lugar y sus correligionarios se aprovechan para hacer de las suyas, o no llevamos a nuestros niños a los puestos de vacunación, en épocas de campaña? ¿De qué sirve todo esfuerzo si la indiferencia cunde en una anomia social?

¿Cómo decirles a nuestros hijos que deben ser cumplidores de la ley, si nos pasamos raudamente con el semáforo en rojo, si no respetamos los pasos de cebra, si coimeamos o nos estacionamos en segunda fila? ¿Con qué cara pueden hablar padres de familia que entran en huelga de hambre para que sus hijos aplazados tengan una nueva oportunidad? Pretender dar ejemplo de esta manera sería simplemente hipocresía.

Por tanto, si fuimos testigos de mudar del rumbo político del país, ¿por qué desaprovechar la oportunidad de transformar nuestro comportamiento con nosotros mismos, en la familia o frente a la comunidad, igual que el vivido durante los días de paro? Si la savia de nuestro triunfo fue la unidad, guardo aún la sana esperanza que los partidos políticos no serán instrumentos de división y que evitarán la lucha de poderes o el ‘yoyismo’, que creímos era parte del pasado. 

No olvidemos que la dispersión del voto casi revive la tragicomedia de casi 14 años que vivió la patria.

¿Por qué no aprovechar la experiencia reciente para cambiar Santa Cruz? Empezando con la prensa, que destaque aquellos hechos alcanzados en educación, innovación, esfuerzos personales, salud o apoyos comunitarios, que son más importantes que los citados por la prensa amarilla. 

Que las instituciones estatales y las de la sociedad civil sean más transparentes, y no esperen nuevas “revoluciones de la pitita” para que salgan a luz los trapitos sucios, tráfico de influencias y negociados de ejecutivos, muchos de ellos perpetuados en el resabio de un poder oscuro.

Alguna vez escuché que tres cosas en la vida no vuelven atrás: la piedra que se lanza, la palabra que ofende y la oportunidad perdida. Que a los épicos sucesos de un pasado inmediato escritos en letras de bronce, no acompañe el triste recuerdo de una sociedad que no aprendió la lección de asumir un cambio sano de actitud para beneficio de un pueblo alegre, indómito y valiente. ¡Estamos a tiempo!