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El mito de la ciudadanía universal

Hace 1/1/2020 7:00:00 AM

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Juan Marcos Terrazas Rojas

La Cumbre Mundial de los Pueblos sobre la “Ciudadanía universal, hacia un mundo sin muros ni fronteras”, se realizó en fechas 20 y 21 de junio de 2017 en Tiquipaya – Cochabamba, entre países y movimientos sociales afines a los “socialismos del siglo XXI”. 

Con tan ostentoso denominativo, cualquiera pudo pensar que aquella sería una oportunidad para la construcción de un proyecto de ciudadanía universal, o por lo menos de ciudadanía Latinoamericana; pero ese propósito no se consiguió de modo alguno. Si bien la cumbre nos ayudó a comprender mejor la dura situación del migrante, en medio de mensajes acerca de la paz y hermandad de los pueblos, y encendidos discursos contra el capitalismo mundial, sin embargo, todo el esfuerzo desplegado se diluyó en utópicas declaraciones.

La construcción de la ciudadanía universal es un proyecto político y social muy ambicioso, que aún no se cristalizó en ninguna parte del mundo; aunque no puede negarse que existen avances importantes. 

El concepto de ciudadanía universal niega la división del mundo en Estados (independientes y soberanos), y admite la posibilidad de trascender sus fronteras y considerar al individuo como ciudadano del mundo. En esta medida, el ser humano niega su propia nacionalidad (boliviano, argentino, peruano, etc.), que lo sitúa dentro de las fronteras de un Estado, y se asume como ciudadano del mundo. 

Se trata del ciudadano global o cosmopolita que pretende desenvolverse, desarrollarse, lograr sus metas, objetivos y aspiraciones en cualquier lugar de los confines del mundo, sin limitación alguna. Por supuesto, esta es una idea todavía muy distante de la realidad. Sin embargo, considero que la versión más cercana a la noción de ciudadanía universal, se encuentra actualmente en la Unión Europea.

Hace 27 años, por medio del Tratado de Maastricht de 1992, Europa reconoce la ciudadanía de la Unión Europea, lo que significa que los habitantes de los Estados que la componen son todos ciudadanos europeos, con derechos y obligaciones. La ciudadanía europea, no hace desaparecer la ciudadanía nacional (estatal) ni la sustituye. 

La ciudadanía europea, cuya vocación está sin duda ligada a la ciudadanía universal, se afirma real, cierta y existente a través de los organismos propios de la Unión Europea y la creación del Euro como moneda, que le dan una identidad, distinta de las identidades nacionales. Entonces, el europeo podría decir con cierto orgullo que además de italiano o español, es “ciudadano europeo”.

Seguramente, la construcción de la ciudadanía universal, que quiera hacerse seriamente, tendrá que servirse de la experiencia vivida y el camino trazado por la Unión Europea, y probablemente dentro de un par de siglos podrá ser una realidad en el mundo. Y, bajo esta tesitura, es importante tener presente que el sustrato de la Unión Europea no es sólo político, ni social, ni siquiera cultural, sino fundamentalmente económico.

Los muros y las fronteras de Europa están siendo derribados por el avance del capitalismo mundial, por la globalización, que es un fenómeno esencialmente económico, que tiende a la ampliación del mercado a una escala mundial. Su mejor producto es la creación de una moneda única: El Euro. Este es el proceso que facilita la integración de los Estados en grandes comunidades de Estados (como la Unión Europea), y a la par genera instancias de gobierno político, y espacios de interacción social, laboral y cultural. En este entramado se va gestando una nueva ciudadanía que supera a la estatal, se trata de una ciudadanía mayor. .

Podríamos suponer que la Cumbre de Tiquipaya pretendía plantear un proyecto alternativo de ciudadanía universal, que sea sustancialmente diferente del rumbo tomado por la Unión Europea. 

Quizás, la Cumbre Mundial de los Pueblos encontró un proyecto que rescataría a la futura sociedad (sin muros ni fronteras), del capitalismo mundial. Lo cierto es que tal proyecto resultaría imposible, si no se sostuviera en lazos económicos fuertes, pujantes y duraderos, de los que los países del “socialismo del siglo XXI”, lamentablemente carecen.

En este sentido, un nuevo mundo sin muros ni fronteras, desechando el capitalismo (que, en las actuales condiciones de desarrollo, no puede desecharse), es absolutamente ilusorio; por esta razón, la propuesta de la Cumbre de Tiquipaya, de “Ciudadanía universal, hacia un mundo sin muros ni fronteras”, deviene en un mito, en una falsa idea de la realidad, que podría servir para alimentar hermosos sueños de un mundo mejor, pero jamás para diseñar políticas públicas serias y sostenibles. 

En todo caso, esta distorsionada postura acerca de la ciudadanía universal, no ayuda en nada a la superación de los pueblos de América Latina, sino los desorienta. No todo se trata de paz, hermandad y solidaridad (“no sólo de amor vive el hombre”), sino fundamentalmente, de economía. En este terreno, nada se dijo en la Cumbre de Tiquipaya.