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La nación violada

Manfredo Kempff Hace 1/4/2020 7:00:00 AM

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Propios y extraños han hecho con Bolivia lo que les ha dado la gana. Evo Morales y sus ministros fueron los peores por haber defraudado al país con promesas mentirosas y haberlo saqueado a su regalado gusto, sin la menor consideración ni pena. Pero, además, Morales y sus incondicionales abrieron las puertas para que mexicanos, españoles y argentinos violaran nuestra soberanía, maltratando a Bolivia como se haría con un territorio de bárbaros, con una tierra sometida.

Los vicios detestables del llamado “proceso de cambio” dejaron al país inerme tras casi 14 años de despilfarro y estafa y cuando los que se decían “liberadores” huyeron con la conciencia negra ante la protesta que nació en Santa Cruz con Luis Fernando Camacho, acompañado de toda una juventud y de un pueblo que dijo basta y que encabezó la insurgencia pacífica que cundió vertiginosamente en toda la nación.

Sin oír un solo disparo los asaltantes masistas que más fechorías habían cometido, huyeron despavoridos, se esfumaron quienes habían prometido morir en defensa del “proceso”, y dejaron a sus “hermanos” y a sus bases sociales para que se las arreglaran como pudieran. Fugaron a México y Argentina o se cobijaron en embajadas en La Paz, desde donde quieren recuperar el poder o hundir lo que han dejado atrás. Quieren hacer una política de “tierra arrasada” que les ha salido mal porque se instauró un gobierno de gente proba, decente, que ha tomado el timón para enfrentar a los enemigos internos y a los impertinentes de afuera.

A la presidente Jeanine Áñez y a su gabinete no les ha temblado la mano para defender la soberanía nacional que pretendían atropellar algunos países afines con el MAS ideológicamente. Como nunca antes, Bolivia denunció la intromisión extranjera primero, pero después, ante la prepotencia inaceptable, actuó como una nación soberana, expulsando a diplomáticos ignorantes de las normas diplomáticas internacionalmente reconocidas.

La intromisión que incitó Morales contra Bolivia, para recuperar el poder, fue de tal envergadura que ha provocado un verdadero escándalo mundial; ha desatado un terremoto que no sabemos qué consecuencias tendrá, cuando escribo estas notas (1 de enero). Las informaciones que tengo son escasas, pero se percibe el olor a pólvora que se ha desatado en México y Madrid, y eso hace pensar en peligrosos encubrimientos y complicidades mafiosas.

Advertimos a los Fernández que no sigan en su detestable papel de plataforma proselitista del MAS, porque están jugando muy mal sus cartas al desconocer al gobierno constitucional de Bolivia y amparar al autócrata fugado. Argentina debería mantener limpias sus tradicionales relaciones históricas con nosotros y no entrar en un celestinaje abominable con un caudillo oscuro, cuyos meandros espirituales y mentales asustan cuando queda mucho todavía por descubrirse.

Bolivia no ha provocado a nadie; por el contrario, no ha cesado de explicar cómo el fraude electoral montado por Morales provocó el repudio popular. Él afirma que fue derrocado por un golpe de Estado, pero la comunidad sabe que miente; todos son conscientes que nuestro país se había convertido en un Estado mafioso o iba camino de convertirse. Las naciones ideológicamente afines con el Foro de San Pablo y ahora con el Grupo de Puebla, han hecho causa común con los embustes de Morales. Aguardemos que recapaciten y que acepten la realidad.

Mientras tanto, la administración de Jeanine Áñez sigue la ruta que se había trazado. Se trata de ir a las elecciones presidenciales e instaurar un gobierno que refleje el deseo de restablecer una República ordenada, unida sobre todas las cosas, con libertad para las inversiones y exportaciones, y gobernada por una juventud pujante autora del cambio actual, que desenmascare diariamente las felonías de Morales, y trate de recuperar los tres lustros desastrosos de ese dirigente cocalero vago, irresponsable, amante de los viajes y los aplausos, que jamás supo cuál era la labor de un estadista.