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Tras el sorpresivo ataque estadounidense que dio muerte en Bagdad al destacado general iraní Qasem Soleimani, todo apunta a que la tensión seguirá escalando. La situación es en extremo peligrosa. El régimen de Teherán y sus aliados ya han proferido promesas de venganza. Cabe temer hechos de violencia que podrían quedar rápidamente fuera de control.

Aliados estadounidenses como Israel y Arabia Saudita, pero también el Líbano y, sobre todo, el propio Irak, podrían sentir los efectos. Desde sangrientos ataques contra personas, lugares o instituciones, hasta el lanzamiento de misiles contra aliados de Estados Unidos, pasando por ataques contra buques tanques u oleoductos: por el momento, nada se puede descartar, porque Teherán sólo puede interpretar la muerte de Soleimani como una humillación y una declaración de guerra de facto. Dejarla sin respuesta es algo que no se puede permitir, aunque más no sea por motivos de política interna.

Irán puede actuar militarmente, pero no es imprescindible que lo haga por sí mismo. En buena parte gracias a las efectivas actividades militares y de inteligencia realizadas por Soleimani, Teherán dispone de una red operativa de tropas auxiliares altamente armadas: desde las milicias proiraquíes en Irak y Siria, hasta los rebeldes hutíes en Yemen, que desde hace tiempo están en confrontación directa con los rivales sauditas de Irán y también son enemigos declarados de Israel y Estados Unidos.

Error político

Con Soleimani fue eliminado el cerebro operativo de la política de expansión iraní en la región. Y, hablando en tono neutral, resulta más que sorprendente que el régimen de Teherán no haya podido proteger a su general más importante en el exterior de un ataque de esta naturaleza. Pero también en el Medio Oriente no hay nadie imprescindible, ni siquiera Qasem Soleimani, jefe de las temidas Fuerzas Quds. La red de milicias fieles a Teherán que urdió en la región seguirá siendo eficaz y peligrosa sin él. Además, ya se designó un sucesor para el abatido general.

Soleimani tuvo sin duda méritos militares en el combate contra "estado Islámico” en Irak y Siria. Pero era parte de un régimen que respalda el terrorismo y el imperio de la fuerza. No hay motivo para sentir especial compasión por semejante hombre, pero darle muerte fue un error político. Donald Trump no solo pone en peligro de guerra a toda una región, de la que en realidad quería sacar a los militares estadounidenses, sino que se arriesga a provocar un efecto de solidaridad antiestadounidense y antioccidental en el área. Y eso puede asestar un golpe mortal a los movimientos democráticos en Irak, el Líbano y en el propio Irán, porque todas esas protestas apuntaban también directa o indirectamente contra el régimen de Teherán. De ser así, Trump habría servido directamente a los intereses de Irán.

(ers/cp)

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