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Debates de candidatos

Marcelo Ostria Trigo Hace 1/14/2020 7:00:00 AM

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Son 34 los países en los que es corriente que los candidatos presidenciales debatan sus propuestas y planes de gobierno; entre ellos 14 en nuestro continente: Argentina, Brasil, Chile, Colombia, Costa Rica, Ecuador, Estados Unidos, Guatemala, Honduras, México, Panamá y Uruguay. Algunos de los debates presidenciales son obligatorios como en Argentina, Brasil, Colombia, México, Perú y Uruguay.

Esto surge de la necesidad de que los electores conozcan a los candidatos y sus planes y propuestas. Sobre la importancia de los debates, una opinión destacada es la de Carlos March, presidente de la fundación Avina: “…el debate presidencial es un instrumento de la democracia participativa y hay que evaluarlo más allá de los contextos electorales; es una política pública que promueve el voto informado y está pensado que cada cuatro años exista”- (Infobae, 16.09.2019).

En Bolivia hubo debates presidenciales los que, desde el año 2005, se interrumpieron con el argumento de que el candidato del MAS solo “debate con el pueblo”. Ya el 14 de noviembre de 2015, Gastón Calvo de Infobae, decía: “El problema de la ausencia (de debates) también lo sufrió Bolivia porque el actual presidente, Evo Morales, se negó a participar más de una vez desde que está en el poder”. (14.11.2015). En realidad se trató de un escapismo a la necesaria confrontación de ideas y de programas de gobierno.

La presidente Jeanine Áñez, propuso que se dicte una ley que establezca la obligatoriedad de los candidatos a la presidencia del país, a debatir sobre sus propuestas, ofrecimientos y programas de gobierno en un medio de comunicación nacional, para que así los electores tengan la oportunidad de apoyar conscientemente a los participantes de su preferencia. Sin embargo, de la pertinencia de la iniciativa de la presidente Áñez, se han desencadenado críticas con el objeto de evitar se expongan realidades que no favorecerían a los responsables de lo sucedido en los últimos catorce años. Persiste el escapismo.

Si esto no prospera por la acción negativa de la circunstancial mayoría masista en el Parlamento, habrá que abrir, con el apoyo popular, un debate público, con la participación de las principales instituciones nacionales y de los partidos verazmente democráticos. Esto, por supuesto, desnudaría las falencias del autor de un periodo desastroso para la Nación que se empeña, con un candidato sustituto –el que lee en las arrugas de los ancianos– en retomar el poder.

No parece difícil encontrar mecanismos para lograr que la propuesta, oportuna y democrática de la Presidente que merece el apoyo de los ciudadanos, sea puesta en vigor para el periodo preelectoral de este año.