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Ocho años de grabaciones intermitentes y de miedos que no se resolvían, sino que se transformaban y volvían con más fuerza. En total, doce años de reinterpretación de archivo y de un montaje cuidadoso, dieron lugar a la película documental de Joanna Reposi sobre su amigo, el escritor y artista plástico, Pedro Lemebel.

La figura emblemática del chileno que se creó desde la marginalidad, en una época en la que la represión a la diferencia no se escondía, sino que dejaba caer todo su peso sobre los que consideraba extraños —homosexuales, enfermos, pobres, zurdos, inadaptados—.

El autor de Loco afán:crónicas del sidario no pudo ver ningún corte de la película a la que accedió a filmar con Reposi. Pasaron cuatro años desde su muerte para que la cinta estuviera terminada. En una entrevista, la autora comenta que no quiso hacer una biopic de Pedro y que su interés al hacer Lemebel (2019), radicaba en mostrar la obra visual de su amigo, las performances, que son lo menos conocido de todo lo que hizo durante su vida.

Las Yeguas del Apocalipsis

A finales de la década de los ochenta y durante una de las dictaduras más duras que se dieron en América Latina, Lemebel se dedicó a realizar atrevidas irrupciones públicas junto a Francisco Casas, con quien creó el colectivo de arte político denominado las Yeguas del Apocalipsis. Sus actos performáticos fueron, en palabras de Reposi, algo muy underground, “si no lo viste, te lo perdiste” y por eso el interés en rescatar, a través de las imágenes de archivo y del recuerdo, las acciones del colectivo que defendía los Derechos Humanos y hablaba abiertamente de su homosexualidad.

Denunciar las dictaduras que se vivían en el continente sudamericano, los abusos, el comercio sexual, el VIH, la marginalidad y la crueldad en un mundo que no acepta la diferencia, fueron los principales motivos que impulsaron las acciones realizadas por el colectivo durante algunos años, antes de que Lemebel se dedicara a profundizar su faceta de escritor, la que finalmente lo convirtió en una de las figuras más atractivas de la disidencia sudamericana.

Pese al marcado interés por mostrar la faceta performática de Lemebel, la cinta de Reposi nos presenta distintos aspectos de su vida y nos permite sentir al artista en cada imagen y en cada intervención realizada en diversos espacios de la ciudad Santiaguina. El trabajo en conjunto de los amigos se evidencia en la película y vemos escenas en las que ambos revisan cuidadosamente el material con el que Pedro reconstruye su vida desde los recuerdos, “sin pasado no tendría nada que decir, el pasado me da sustento”, dice el artista y nos cuenta sobre sus primeras intenciones performáticas, posando disfrazado en un único lugar de su casa, cuando era adolescente y recibió de regalo una cámara fotográfica, casi desechable, que registraba sus puestas en escena privadas.

También son parte del recuerdo del autor, el alcohol y la rabia de una vida marginal y de rechazo, así como el gran dolor que lo acompañó hasta su muerte, después de la pérdida de su madre. En esta suerte de biografía breve y caprichosa que nos presenta Reposi, nos damos cuenta de que Lemebel no fue sólo esa potente y enigmática figura del hombre loca que reivindicó los Derechos Humanos, sino también, como menciona él mismo en su conocido Manifiesto, fue un niño que nació con una alita rota y que hizo suyos los límites que le impusieron, pues en ellos instauró la subversión para darle forma a su obra.

La cinta de Reposi trata de dar forma a una figura compleja a través del montaje del archivo de imágenes y de voz de Pedro, y esta búsqueda tiene mucho que ver con lo que hizo el mismo Lemebel al darle forma a su vida a través del lenguaje.

En una entrevista en radio, que se escucha durante la película, Pedro cuenta que cambió el apellido de su padre, Mardones, porque le sonaba a un apellido de obrero, por el apellido de su madre, Lemebel: “es un apellido inventado por mi abuela, cuando fugó de su casa y no quería que la encontraran”. Cuenta que rescató el apellido del olvido, pero que sabía que la herencia materna se acabaría con él. En esta afirmación suya, sin embargo, Lemebel parece no haber considerado la inmortalidad de la poesía y de su obra.