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Fuente:  Silvana Vincenti

La cuenta regresiva ya empezó, junto con las precas. Los ánimos se alborotan, a la par de la tamborita, la banda, las ‘horas locas’ con sus batucadas, los ballets folclóricos, las billeteras de los coronadores y de los aspirantes, los nostálgicos del pasado y los amantes -y por supuesto los ‘haters’- del reguetón.

Es el preludio de una fiesta que es todo, menos purista, pero que tiene un solo espíritu, el de la juerga colectiva, que sí se ha mantenido intacto por generaciones.

Hay quienes aseguran que se encarecen los costos en cada Carnaval, que hay más borrachera e inseguridad, que se mueven millones de dólares, que se genera empleo, que la fiesta ya no es lo que era, que se extraña la calle, que se entrometen los ritmos y los artistas extranjeros y que los más jóvenes no tienen remota idea de los que es el ‘verdadero’ Carnaval cruceño. Y así, el debate podría continuar por siempre. ¿Quién decide cuál es esa ‘verdadera’ fiesta? ¿Dónde están escritas las reglas que la definen?

Carlos Oyola (87), de los Taitas 11%, una comparsa creada en 1950, casi a la par de las reinvindicaciones cívicas de la época y que ya no participa en el corso porque solo quedan tres fundadores con vida, es uno de los que tiene añoranzas. “Salíamos en carretón, antes había el famoso correo, el más ‘liso’ ganaba premio, ahora lo que hay es pornografía, con el uso de la tecnología. Había menos borrachera y la gente era más educada, y cuando sonaban las campanas, los odiadores de Santa Cruz salían corriendo”, evoca.

Rodrigo Daza (21), de los Huasos Jr, 66 años más joven que Oyola, dice que le gusta mucho el Carnaval de hoy, aunque reconoce que disfrutaba mucho la fiesta que veía de niño.

“Era más tradicional que la de ahora, más segura. No nos molesta estar en garajes porque esa es nuestra joda y se puede estar con todos los de nuestra edad ahí. Sí nos gustaría estar un rato en garaje y luego salir a la calle para que esa costumbre no se pierda. Creo que están equivocados los que dicen ‘esos peladingos que solo bailan reguetón’, porque cada cual está en su joda. Tal vez en su tiempo a ellos les decían lo mismo, todos valoran las cosas desde su tiempo”, opina.

Sergio Stratis (21), también de los Huasos Jr, es hijo de Jorge Stratis, comparsero hasta el tuétano. Dice que sabe algunas cosas de las viejas celebraciones, “la mamá de mi abuela fue la primera reina del Carnaval, así que manejo algunos datos que se mencionan en mi familia, pero creo que los jóvenes no sabemos muchas cosas en estos días. Lo que sé es porque pregunto a mi papá y soy curioso. 

Eso sí, hemos estado en la lucha por el 21F, hemos bloqueado calles, nuestra comparsa se formó hace un año y medio como resultado de la amistad y el trabajo en paros cívicos”, cuenta. Y no está lejos de Oyola (generacionalmente sí), ya que el veterano comparsero también puso el pecho a reivindicaciones cívicas, en su momento por las regalías de los hidrocarburos.

Una generación intermedia es la de Jorge Stratis (50), de los Huasos. “El Carnaval va mutando, es natural, no es ni más ni menos que el reflejo de la sociedad del momento, de los tiempos económicos, políticos, hoy eso lo vemos reflejado, por ejemplo, en las casacas, que van contando qué situación se da en un momento; lo mismo pasa con las ordenanzas municipales, que muestran la manera en que se carnavalea en determinadas épocas. El Carnaval cambia porque la sociedad y la ciudad cambian. 

Ha tenido formas que no son mejores ni peores y es mejor no andar mirando para atrás sino hacia adelante. Veo un Carnaval saludable y que jamás morirá”, dice con vehemencia.

Y sin embargo, acepta que extraña ciertas cosas, como la competencia por ser mejores como comparsa en todo lo posible, campeonatos, festivales de música, etc.

El artista e investigador Carlos Cirbián coincide con Jorge en cuanto a una lectura de la evolución del Carnaval. “En el caso cruceño, la comparsa es consecuencia generacional, son amigos generacionales y en la mayoría de los casos, con unas cuantas excepciones, los grupos van desapareciendo a medida que sus componentes envejecen. 

Va cambiando el contexto social, la Santa Cruz de antes, de la juventud de Oyola, se fue y nunca volverá, porque pasó de ser un pueblito de menos de 100 mil habitantes al de dos millones, con sus consecuencias lógicas. Pero el espíritu festivo de reencuentro y jolgorio con tres días de mojazón es el mismo. Los carnavaleros esperan una válvula de escape en la rutina diaria”, sostiene.

Para Cirbián, el debate es una cuestión normal y natural en las culturas del mundo, “los momentos de diversión en la juventud no son los mismos que en otras etapas, cuando se ven las cosas de otro modo. Las personas tienen a recordar y a desdeñar lo de ahora; son épocas distintas. Y no es justo, cada quien en su tiempo”, opina.

Los que critican la suciedad de la tinta, probablemente desconozcan que después de la Guerra del Chaco, según Cirbián, la gente empezó a echar de todo, hasta guineo podrido con excremento de gato. Y como no había ni losetas, la guerra de barro era la cúspide de la diversión.

La generación de los Huasos Jr y las más nuevas -porque hay comparsas de quinceañeros-, probablemente crean que los más antiguos sean grupos como los Tauras, y no tengan idea de que muchísimo antes existieron Los Rebeldes, Milongueros, Plus Ultra y Los Paileros.

Para Carlos Oyola, sí suenan familiares los nombres, fueron sus antecesores carnavaleros. Dejaron de existir como comparsas, porque dejaron de existir también sus integrantes.

Según Jorge Stratis, además de la algarabía colectiva en la forma que sea, hay algo que tampoco cambia en esta fiesta. 

“El carnavalero es ciudadano, desde muy joven, por el motivo que se hubiera reunido aprende conceptos muy importantes como la hermandad, la solidaridad, el trabajo en equipo. Desde joven sabe lo que es rendir cuentas, aprende a trazarse objetivos y a trabajar por ellos, pero fundamentalmente sabe del valor que le da su tradición. Los carnavaleros siempre han estado presentes en las reivindicaciones regionales”, defiende la fiesta.

Sofisticación. Entraron los ballets folclóricos en 1995, pero además sus vestuarios han ido llenándose de brillo y elementos de modernidad para ser competitivos.

 
Masivo. El pueblo de 100 mil habitantes sobrepasó con creces el millón, así que tocó modificar las medidas de seguridad.

 
Tiempo de batucada. El purismo no es parte del Carnaval de hoy, los ritmos típicos cruceños conviven con extranjeros