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Bélgica, presentado a menudo como un país desgarrado entre sus comunidades de lengua neerlandesa y francesa, vibra al unísono cuando juegan sus 'Diablos Rojos', estimando que generan más unidad en los territorios que la familia real, afirmó a la AFP Jean-Michel De Waele, profesor de Ciencias Políticas de la Universidad Libre de Bruselas (ULB).

Por ello, el duelo del martes ante Francia (14:00 hora boliviana) en semifinales del Mundial se presenta como una nueva oportunidad para avanzar en ello, sobre todo ante el gran vecino del sur.

¿Una de las grandes virtudes del fútbol en Bélgica sigue siendo hacer olvidar las diferencias entre las comunidades del país?

Ante todo hay que subrayar que el riesgo de estallido del país, la cuestión de las comunidades, está menos presente actualmente. Hace cuatro años (en el Mundial de 2014, un año electoral en Bélgica) se subrayaba mucho ese aspecto entre francófonos y flamencos, los políticos se sentían obligados a ir a ver los partidos, a mostrar su apoyo al equipo nacional.

Esta vez el rey (Felipe) se ha desplazado una vez hasta ahora a Rusia (la de semifinales será la segunda) y no se puede decir que el mundo político esté intentando recuperar el fútbol. El equipo nacional es, ante todo, muy multicultural, no se habla de que Thibaut Courtois o Kevin De Bruyne sean buenos flamencos, que Eden Hazard sea un buen francófono o que Vincent Kompany sea de Bruselas. Tampoco se habla de sus orígenes.

¿Eso quiere decir que la cuestión de las comunidades en Bélgica ya no es un tema de actualidad?

En cualquier caso, la selección nacional de fútbol supera eso, algo que en mi opinión es mucho menos cierto que en el caso de la familia real, que es percibida como francófona, algunos de sus miembros tienen problemas para expresarse en la lengua mayoritaria del país, el neerlandés.

La selección nacional es en cierta forma más federadora que la familia real porque hay sentimientos republicanos tanto en el norte como en el sur del país. No veo nada que pueda suscitar en Bélgica tanto entusiasmo.

Estamos orgullosos de tener a (los cantantes) Stromae o Jacques Brel, pero eso no tiene el mismo impacto. El impacto del fútbol en lo profundo de la sociedad es único. En China, hace tres semanas, unos estudiantes chinos me preguntaron si Bélgica era una ciudad o un país, pero esos mismos estudiantes eran capaces de citarme el once titular de la selección belga. No saben poner a Bélgica en un mapa, pero conocen bien a Hazard, Kompany y De Bruyne, los ven por televisión todos los fines de semana. Tenemos que ser conscientes de que existe algo más que la cerveza y el chocolate (en la imagen exterior de Bélgica).

El enfrentamiento mundialista entre Francia y Bélgica, ¿no despierta un poco ese complejo de inferioridad que puede haber en el país del norte respecto a su gran vecino del sur?

Ante todo es la ocasión de decirle a los franceses que estamos a su mismo nivel. En la víspera de los cuartos de final se escuchaba a eminentes periodistas (franceses) decir que Francia tenía que prepararse para enfrentarse a Brasil, cuando nuestro partido todavía no se había jugado.

En Francia persiste toda esa arrogancia sobre los 'pequeños belgas'. En el lado francófono de Bélgica también hay una especie de pasión hacia Francia. Al belga francófono le encanta Francia, es su país preferido para las vacaciones, sigue sus elecciones presidenciales incluso con más pasión que un francés... Le gustaría que la gran República tuviera una mirada un poco menos condescendiente hacia los belgas, eso seguro.