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Oriente Petrolero ha soportado un sorpresivo embate de violencia cuando una gavilla con rostros cubiertos, sorteó los muros de su sede en el barrio El Trompillo para arremeter contra el cuerpo técnico, jugadores y periodistas presentes en el lugar. Un reportero de televisión fue agredido al demorar en retirarse porque la turba no quería el registro de su vandálica acción que derivó en el pillaje y en daños a la propiedad privada. Parte del material de utilería y celulares de algunos futbolistas fueron sustraídos y pinchados los neumáticos de varios vehículos en el área de parqueo. El presidente del club, Ronald Raldes, manifestó su sorpresa por el ataque y anunció acciones legales contra sus responsables. La campaña desaliñada de Oriente fue el detonante de la salvaje acción atribuible a violentos sujetos que nada tienen que ver con un genuino sentimiento albiverde y que, presumiblemente, fueron instigados por alimañas de la peor especie que, a través de las redes sociales, incluso amenazaron de muerte al titular orientista si el equipo no rectifica el rumbo en la temporada.

No es la primera vez que Oriente recibe en sus predios la indeseable ‘visita’ de los violentos que, sin medir riesgos ni consecuencias, diferentes gestiones abrieron las puertas del club, los incorporaron en cuadros directivos y les dispensaron beneficios como la entrega de cientos de entradas libres que representaban jugosos ingresos para los cabecillas de la ‘barra’ y que se convirtieron en motivo de divisiones y trifulcas. Otros clubes locales y del interior del país también han recibido el azote de una plaga que contamina y daña la esencia del fútbol. Cría cuervos y te sacarán los ojos, es un viejo adagio popular que aplica a lo ocurrido en Oriente y que es absolutamente condenable. La violencia ‘patotera’ es arma de los cobardes y vividores del fútbol, ya erradicados en otras latitudes con medidas firmes y rigurosas que tendrían que aplicarse en nuestro medio antes de que sea demasiado tarde.