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Le temblaban los labios cuando pronunciaba la palabra cáncer, y no era capaz de dar la noticia a sus hijos. Pero cambió de actitud por supervivencia.

“Antes del cáncer la mujer siempre piensa primero en el marido, en los hijos, en el hogar, pero ahora que estoy en este punto, la sicóloga me recomendó pensar en mí antes que todo, para que al estar bien yo, recién pueda pensar en el bienestar de los demás”, fue la sugerencia de la sicóloga a Amelia Bedoya, que hace un año y cuatro meses recibió el duro diagnóstico de que padecía cáncer de mama. Esa recomendación, junto con que “la depresión mata más que el cáncer”, se le grabaron como tabla de salvación emocional para afrontar el derrumbe de su mundo.

Ella es una de las firmes guerreras de Mi Refugio, una organización que ayuda a mujeres que pasan este trance, gestionando con los laboratorios rebajas en los costos de los tratamientos y brindando apoyo integral.

Con el énfasis que le hubiera gustado que la exhorten, pide aprovechar octubre, el mes de la sensibilización sobre el cáncer de mama, para hacerse chequeos médicos, porque reconoce que a pesar de las campañas siguen siendo muchas las mujeres que, como ella, se abandonan a sí mismas, diciendo “después” cada vez que se trata de salud. De los testimonios recogidos, alguna jamás se había hecho un papanicolau o una ecografía mamaria, y ni siquiera sabía para qué era la mastóloga. “Vayan al especialista y no por otros caminos, es la mejor manera de vivir muchos años al lado de la familia”, reflexiona.

Si algo bueno les dejó la amarga experiencia, es que han vuelto a nacer. Las entrevistadas coinciden en que con la enfermedad se les aclaró el panorama de lo verdaderamente importante.

Mi Refugio

Nació en 2003 con la mirada puesta en la prevención, pero al encontrar en las campañas casos positivos, empezaron a ayudar a las mujeres con cirugías, quimioterapias, terapias ocupacionales, sicológicas, zumba, etc.

El nombre real es Fundación Trabajo Voluntario Cáncer de Mama en Bolivia, pero las pacientes agarraron tal cariño al trabajo de la organización, que le dicen Mi Refugio.

Al año, recibe 300 casos positivos, solo en este momento tiene a 70 mujeres sometiéndose a quimioterapia. “El año pasado hemos apoyado más de 1.300 quimios”, explica Lucía Terrazas, representante.

Si bien la fundación se pensó para tratar el cáncer de mama, intermedia en otros casos. “Si alguien se acerca y nos solicita ayuda, recurrimos a los laboratorios que nos dan precios más accesibles, además generamos recursos con eventos benéficos propios, como la tallarinata, y ahora trabajamos para que las empresas nos incluyan en su presupuesto anual”, comenta.

De acuerdo a la experiencia de Mi Refugio, hay casos duros en que la familia las abandona. Es más, en estos cinco testimonios, todas han recibido el diagnóstico en solitario. Sumado a eso, hay una situación de orfandad, “no hay una ley que cubra al paciente de cáncer, la persona tiene que costear todo, desde la consulta hasta los estudios. A nosotros como fundación nos gustaría ayudar de mejor manera, pero no está en nuestras posibilidades”, reconoce Lucía.

El lazo rosado

Si bien es cierto que en los últimos años más instituciones y empresas se han sumado a la sensibilización de que el cáncer de mama puede prevenirse, todavía faltan manos y recursos. “Hemos recibido más ayuda, pero aún cuesta que la gente se involucre, todavía se asocia el cáncer a muerte, se toma como algo muy personal, por eso es que muchos de nuestros voluntarios han tenido alguna relación con la enfermedad. Estas causas deben apoyarse más. Salvar a una mujer salva a niños de la orfandad, hogares”, opina Lucía.

Según ella, han acompañado casos con muerte, pero es debido a que llegaron en etapas avanzadas, ya con metástasis, por falta de prevención. “Con las señoras de Mi Refugio comentábamos que las personas nos enfocamos tanto en otras cosas que dejamos de lado la salud, incluso por miedo al diagnóstico, así transcurre el tiempo, pero ya es tarde y no funciona, ni con tratamientos agresivos”, dice.

En los últimos años, incluso se dieron casos de mujeres muy jóvenes, de 16 y de 25 años, independientemente de que tengan o no hijos. “El cáncer no discrimina”, aclara Lucía, contradidiendo creencias populares de que “solo ocurre a mujeres que fuman, o que no tienen hijos, etc”.

A nivel sicológico, al recibir la noticia las mujeres quedan shockeadas, al punto de que no acepagativas, de ahí la importancia del trabajo emocional y mental, que puede ser clave en la cura.

En números, una sola quimioterapia puede costar entre Bs 1.000 y 18.000 (y se necesitan varias dosis). Una mamografía o ecografía mamaria cuestan menos... mucho menos.

Teresa Saavedra
Cáncer a los 36 años

 


Dice que más que el cáncer, le dolió ver el avión alzar vuelo con sus hijos. El costoso tratamiento de la etapa III la obligó a mandar a sus dos pequeños con su padre, a España. Una bolita en el seno y fiebre la mandaron a un centro médico en El Torno, donde habita; no le dieron importancia hasta que el mal fue mayor. Pidió a Dios que le regale más tiempo para cuidar a sus niños, luego de que la doctora le dijera “si no tiene para remedios está en manos de Dios”. Del mal momento sacó cosas buenas. “Aprendí a amarme, y también volví a tener una buena relación con mis hermanos, nos perdonamos”. Ahora busca cómo pagar el próximo paso para que el cáncer no vuelva.

 

Mónica Pinto
Aprendió a vivir el día a día

 


Le realizaron la mastectomía y quimios porque tenía un cáncer muy agresivo. Cuando le dieron la noticia este año, lo primero que vino a su mente fue su único hijo. Lo que tenía que gastar en un anticrético, fue invertido en tratamientos y operación. “Le dije a mi hijo voy a luchar porque no quiero dejarte solo”, recuerda.

Amelia Bedoya (44)
Cambiar de actitud ayuda

 


Hace un año y cuatro meses descubrió la ‘bolita’ en el seno izquierdo. Le realizaron mastectomía y en un tiempo tienen que quitarle los ovarios. Reconoce que nunca iba a chequeos porque no tenía antecedentes familiares de cáncer, pero la salvó su autoexamen. “Siempre dicen que el cáncer es muerte, otros pacientes me dijeron que la depresión mata más que el cáncer”, dice.

Narda Luz Herrera 
Su familia organizó kermés


A los 53 años, tiene cáncer de mama en etapa IV y espera la cirugía, pero la metástasis en los huesos le pide tiempo para recuperarse, antes de la intervención. Cuando recibió el diagnóstico, la primera pregunta fue “por qué a mí”, el día se le volvió noche, pero ahora está concentrada en luchar por su vida porque quiere ver a su descendencia multiplicarse y crecer. Tuvo que dejar de trabajar por recomendación mé- dica, aunque para su buena fortuna su doctor le dijo que puede retomar la vida laboral, aunque con moderación. No tiene otra alternativa, los gastos son altos para su poder adquisitivo. Su hija menor es su ‘pepe grillo’, ella le dice que si se deprime no tendrá fuerzas para soportar la enfermedad. “Siempre le digo que me inyecta vida”.

Marcela Menacho
Amenazas, y llegó la cura

 


Ya va diez años de haber superado el cáncer de mama, el mismo tiempo que lleva usando la ropa morada como promesa al Señor de los Milagros. A pesar de ser asegurada en el Sinec, tuvo obstáculos para recibir tratamientos. “Los medicamentos no deberían costar $us 2.500 con un gobierno que se dice socialista. Tuve que amenazar”, lamenta. La experiencia la convirtió en control social en el Sinec y ya ayudó a varios asegurados a presionar para tratarse el cáncer.

Ada Cuéllar (42)
Una tardanza con suerte

 


Detectó el cáncer en 2016 cuando se encontró una bolita en el seno. Visitó a su médico de cabecera, se hizo la mamografía, pero no volvió para hacerle seguimiento hasta pasado un año. “Fue por ignorancia, cuando me dijeron Oncológico pensé en muerte y no regresé”. Recién cuando le salió la segunda bolita en la axila se preocupó más. Ella misma se pagó los análisis y tratamiento porque no tiene un seguro.