Escucha esta nota aquí

​El sol está bajando y la brisa aventura una noche agradable. Gina De La Fuente alista la mesa en un protocolo riguroso que repite todos los atardeceres. El mantel extendido, las sillas distribuidas y…las cartas en su lugar. Inquieta, se da cuenta que falta algo ¡El cuaderno para el anote! Ya está. “Podemos comenzar”, expresa.

Al igual que la familia cruceña De La Fuente, muchas otras aprovechan los días de cuarentena para reunirse en torno a una mesa y disfrutar los juegos de mesa. Con un poco de picardía, ingenio y suerte podés imponerte a todos y llevarte el 'pozo'. De seguro, las anécdotas y las risas acompañarán una velada que se prolongará sin tiempo.

La loba, un juego de cartas muy popular en Santa Cruz, se ha convertido en el preferido de muchas familias. Es sencillo de jugar, implica cierto grado de intriga y, porqué no, permite las apuestas.

Los juegos de mesa han recuperado un espacio en la rutina familiar. Cartas, dados, ludo y los rompecabezas han sobrevivido a la tecnología para volver a conquistar a la familia. Cada una mantiene su ritual: alguien guardará siempre las cartas como si fuera un sagrado objeto, otro se encargará de que el lapicero y el cuaderno para el anote nunca falten, habrá uno que aliste el cafés que acompañe la jornada y, nunca falta, el que anima la conversación con el recuerdo de anécdotas o chistes que explotan las carcajadas.

En Valle Sánchez, la familia Justiniano extiende el almuerzo en una sobremesa a puro cacho. “Aprovechamos ese momento para seguir charlando en la mesa” revela. Los cinco dados tintinean dentro del cubilete en un agitado baile de la suerte. Confiesa que no suelen apostar dinero, aunque “una vez le aposté a mi sobrina la barrida del patio”. Se trata de poner algo de picante al juego para que el ganador se pueda inflar de orgullo.

Las anécdotas e historias familiares inundan la conversación. Sobre la mesa, tres generaciones de la familia comparten una amena charla que mantiene a los más pequeños atentos a las jugadas. Los juegos están aptos para todas las edades. Desde los más chicos, quizá acompañados por la guía de un adulto, hasta los más grandes, todos se pueden enfrentar en la mesa.

Raisa duerme plácidamente su siesta. Sus padres, Alejandro Madde y Susana Cuéllar se han aprovisionado de rompecabezas. Estos días, los tienen extendidos en la sala, “total, no esperamos que venga nadie”, bromea Susana. Los rompecabezas son otra forma de disfrutar un entretenimiento que se prologa por horas. Ayudan a comprender el valor de la paciencia, a saber que todo tiene su espacio y lugar, sin necesidad de ser forzado. Para este joven matrimonio el armado del rompecabezas favorece un nuevo espacio de convivencia y aprendizaje. Juntos podemos conseguirlo, puntualiza Susana.

Antes de que inicie la cuarentena, Alejandro fue a buscar rompecabezas simples para que Raisa, que tiene poco más de año y medio, pueda entretenerse sin salir a la calle. Al retornar a la casa, había sumado a la compra varios rompecabezas de 1.000 piezas. “Al día siguiente hicimos una competencia a ver quien armaba más rápido”, comenta Susana y revela que no hubo ganador, porque, en un momento, los tres se vieron armando sus rompecabezas a la vez, “y ese momento es el que perdurará”.

Ludo, monopolio, truco, uno o jenga también hacen volar el tiempo, lejos de las pantallas de teléfono y los sillones. Son juegos sencillos que desarrollan la inteligencia, el pensamiento y la sociabilidad.