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Hace dos fines de semana que cambió la rutina de los sábados que tenía Daniel de La Vega, un joven de 38 años, amante del gimnasio, padre de una niña, propietario de su propio negocio e ingeniero petrolero. 

“Donde come uno, comen todos”, así siempre decía mi padre y cuando comenzó la cuarentena me animé comprar alimentos para los que más necesitan, para ayudarlos, para hacer realidad lo que mi papá siempre me aconsejaba.

Y es que los últimos dos sábados Daniel, acompañado por un subteniente de la Policía que lo ayuda en su tarea altruista, este joven ingeniero petrolero entregó a más de un centenar de familias kilos de azúcar, harina, fideo y arroz. “Saber que debido a las prohibiciones había gente que vive el día a día y no tendría qué comer, sobre todo los niños y los ancianos, me hizo invertir 100 dólares que tenía guardados para ayudar al prójimo. Compré quintales de harina, arroz, azúcar y fideo para separarlos en bolsas de kilo y  llevar a las personas que solicitaban una ayuda”, explica el joven.

Los clientes de su negocio fueron los primeros en hacerle conocer a Daniel las personas que necesitaban ayuda.

Cuando sus clientes empezaron a pasar el número de Whatsapp que usa este joven emprendedor para ofrecer ayuda, los mensajes comenzaron a llegar rápidamente y de diferentes puntos de la urbe cruceña

 “Cuando llegamos a los lugares que nos solicitan ayuda y se reúnen algunos, la alegría de recibir provisiones es indescriptible. Vienen niños y adultos a darnos las gracias por la ayuda, en un momento tan difícil”, cuenta Daniel, que se quiebra cuando tratar de explicar el momento más emotivo que tuvo durante sus recorridos de sábado.

Lo que pasa es que cuando Daniel tuvo que llevarle ayuda a un anciano de 96 años, que vive en la zona del barrio Virgen de Luján, de solo verlo se puso a llorar. “Me recordó mucho a mi padre y al verlo tan vulnerable, me dolió, me partió el alma. Duele mucho ver esos casos, donde los ancianos son abandonados por su propia familia”, explicó Daniel.

Pero este joven reconoce que este trabajo no podría llevarlo adelante sin el incondicional apoyo de su amigo policía, un subteniente que hace planes para casarse, pero que los sábados, pese a haber salido de turno, se suma a la tarea de su amigo Daniel, con el que recorre la ciudad. 

“Algunas veces tenemos que comer atún y pan al mediodía del sábado, porque seguimos buscando a los que nos necesitan hasta después de las 16:00”, afirma el joven.

Aseguró que hace poco recibió la ayuda económica de una mujer que vive en Estados Unidos y que le permitió sumar más alimentos que entregó el sábado pasado.

Si bien el corazón de Daniel se mueve por la frase de su papá, “donde come uno, comen todos”, la razón lo hace vestirse como si fuera un médico que está pronto a atender una cirugía, con guantes de látex, barbijo regulable, una bata protectora y protectores de zapatos, para evitar  contagiarse con el Covid-19 y continuar ayudando a quienes necesitan de una mano en estos momentos de crisis.