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Con 2.831 casos confirmados y 122 muertes por coronavirus hasta el lunes en la noche, Bolivia está en la escalada tan temida, sabiendo además que las cifras seguirán subiendo debido a la indisciplina ciudadana. Este escenario se ve agravado por la incertidumbre acerca de si el Estado será capaz de enfrentar la guerra contra el Covid-19. La confianza inicial se va desgastando como consecuencia de promesas incumplidas y vaivenes en las políticas.

Cuando todo comenzaba, la presidenta comprometió reactivos para realizar pruebas, respiradores para los hospitales, ítems para atender a los pacientes, laboratorios en todos los departamentos. En este momento, casi tres meses después, los insumos y equipos para hacer los análisis no son suficientes; siguen faltando médicos y enfermeras; los respiradores tardan en llegar, mientras en capitales como Santa Cruz y Trinidad se avanza sobre el límite del colapso sanitario.

A esas carencias se suma una escasa capacidad de comunicar de parte del ministro de Salud, quien dijo muy suelto de cuerpo que cuando el 80% de la población esté contagiada, se podrá decir que Bolivia venció al coronavirus. Obviamente, también se refirió a los muertos que quedarán en el camino como un saldo “lamentable”. La falta de talento para dar a conocer noticias a la ciudadanía también se observa en el inicio de la cuarentena dinámica, ya que hay cierta flexibilización que se debería dar solo en algunas regiones del país (las de riesgo medio y moderado), pero se las mencionó de manera tan general que se ha provocado una gran confusión en la población.

Al miedo e incertidumbre respecto a cómo se enfrenta la pandemia desde el Estado, hay que sumar otros factores colaterales que hacen más complejo el panorama. La electoralización del país determina que muchas de las acciones gubernamentales sean atacadas por la oposición, con el único fin de bajar el perfil del Gobierno; pero lamentablemente las acciones del Estado también tienen cálculo y buscan rédito para la presidenta que también es candidata, en una mezcla que es tóxica para el momento presente.

A lo anterior se suma la falta de recursos para nuestro país. Con menos ingresos por la venta de hidrocarburos, los gobiernos municipales, departamentales e incluso universitarios ya sienten la carencia y comienzan a presionar para que se les dé alguna compensación que les permita seguir funcionando y también haciendo política.

No se puede olvidar que, entre las demandas, están las de los empresarios que piden un ‘retorno controlado al trabajo’, la de las Pymes que se sienten asfixiadas y piden fondos para reactivarse. En ese escenario tan complejo, el gobierno nuevamente comete errores como el de las contradicciones entre la ASFI y las normas que establecen reglas de emergencia para los créditos bancarios.

En medio de todo ese enrarecido ambiente, se han producido cambios en el gabinete, ajustes en el sector económico que ojalá ayuden a aclarar el horizonte y no estén dirigidos a pulir acciones de campaña electoral. La candidatura de la presidenta le hace daño al país en este momento y, mientras ella y su estructura busquen cosechar apoyo antes que hacer lo que se debe, es probable que siga reinando la confusión, dejando un costo lamentable para el país.

Por ahora, es urgente que el gobierno cumpla sus promesas: más respiradores y personal de salud; habilitación de más pruebas para sincerar las cifras en el país. El tiempo se acaba antes de que haya un colapso del sistema.