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Todos los días son grises para Sebastián Castedo. El coronavirus rompió con su paz y le está haciendo la vida a cuadritos. Eran las cuatro de la mañana cuando su celular vibró en su cama, el sueño impidió que contestara. Esa llamada le ha cambiado su vida.

Amanecía. Era un 20 de abril y a eso de las 7:00 habló con su amigo que le decía que quería un préstamo de dinero, pero Sebastián le respondió que lo disculpara porque no iba a poder ayudarlo. A ese hombre del otro lado de la línea le urgía la plata ya que tenía a su madre enferma y el malestar de la mujer no se iba. Eso quedó rebotando en la cabeza de Sebastián, "fue como una angustia fuerte que me apretaba el pecho", recuerda. 

Antes. Era un domingo 19 de abril. El hermano menor de Sebastián se quejaba porque tenía temperatura alta y así estuvo todo el día. Su madre hizo de mucho para combatir los 39° C dándole dioxadol y lo obligó a que estuviera en la ducha varias veces hasta que la fiebre bajó. Llevaron al chico al centro de salud de El Quior y ahí Sebastián asegura que una doctora los maltrató. Ante la desesperación, mintió. Le aseguró a la especialista que tenía tos y dolor de garganta y después de la revisión despacharon a todos a casa diciéndoles que tomaran paracetamol y azitromicina, ambas cápsulas de 500 gramos.

Esa semana las llamadas al Sedes fueron recurrentes. Tras cinco días de insistencia, un equipo médico llegó a la casa de Sebastián y le hicieron la prueba a él y a su hermano menor. La voz de que había una familia contagiada del coronavirus corrió por el barrio y los vecinos se agolparon en la entrada de la casa de los señalados. "Vinieron y espiaron, sacaron fotos y hasta filmaron", rememora el joven de 23 años.

Ese viernes 24, el celular de Sebastián no paró de chillar; eran sus familiares que le daban palabras de aliento para enfrentar al monstruo, pero también era un anónimo que se atrevió a amenazarlo. "Ese vecino me dijo que si salíamos a la calle tendríamos problemas", relata. El miedo lo abordó y sintió que el mundo se le derrumbaba en cuestión de minutos. "Me aferré a Dios, porque pensé que iba a morir", agrega y su voz se disminuye. 

Pasaron tres días, alguien llamó al celular de Sebastián y le aseguró que él y su hermano eran positivos. Eran las 19:00 del domingo 26 de abril cuando sintió que un aire frío lo dejaba sin respiración. Y quedó inmóvil. Ese presentimiento que emergió cuando su amigo habló con él, se convertía en una realidad. No durmió. Después, una tos algo rara que salió de la boca de su mamá, anunciaba otra desgracia; sentía una picazón en la garganta. Otra prueba confirmaba que tenía el Covid-19, un mal que se sumaba a la diabetes y a la presión alta de la mujer de 42 años.

Una tía les aconsejó que tomaran dióxido de cloro y MMS (Suplemento Mineral Milagroso). Lo hicieron por varios días. También consumieron ivermectina y azitromicina de un gramo, pero además, recurrieron al eucalipto, vinagre, bicarbonato, jengibre, té de limón, ajo, miel y jarabe de cebolla. Tanto Sebastián como su madre y su hermano menor son asintomáticos. Dicen que no tienen ningún dolor, pero les preocupa lo que sucederá en los próximos días porque el dinero escasea en la billetera.

El lunes 11 de mayo le hicieron la segunda prueba a Sebastián y a su hermano, pero no a su madre. Los resultados de los dos muchachos aún no han llegado. Una doctora de la posta de El Quior les dijo que iría a su casa junto a otras personas. "Es un nuevo protocolo, no se vaya a asustar", le subrayó. Pero, ella no fue. Lo hizo otra especialista, con un policía, un militar y el dirigente del barrio. Le llevaban un documento para que todos los afectados firmaran y se comprometieran con no salir de casa durante 14 días y no recibir ninguna visita. Sin embargo, esos 14 días ya se cumplieron, porque Sebastián fue anoticiado el domingo 26. Igual firmaron.

Esa vez también le indicaron a Sebastián que recibiría ayuda de las autoridades locales, pero hasta ahora no ha llegado lo suficiente. Solo el dirigente del barrio colaboró en algunos momentos. Los días grises continúan. Dos de sus hermanos están siendo amedrentados por el propietario de la casa, donde alquilan a pocas cuadras de donde vive Sebastián. Su hermana tiene 18 años y su hermano, 24; este último tiene una mujer embarazada, de tres meses.

Sebastián se encerró en cuatro paredes con su mamá y su hermano menor, pero, su mujer lo espera. Tiene cinco meses de gestación; su primogénita cumplió un año el 3 de mayo y su papá no estuvo con ella. Su segundo retoño tendrá seis años el miércoles 27. Y, quizá, solo una videollamada los unirá a todos. Lo que quiere Sebastián es que le den los resultados de la segunda prueba de él y de su hermano menor, y que le hagan la nueva prueba a su madre. 

Antes, Sebastián era relacionador público. Antes, cuando explotó la crisis sanitaria, vendía trajes de bioseguridad y subía estados a su WhatsApp con barbijos y otros objetos de protección. Hoy, está confinado y asustado.