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Vladica Dicic, de 92 años, es la última habitante de Vaganesh, una aldea montañosa de Kosovo. No podría sobrevivir sin el tendero que le trae comida y alivia su soledad. Lo llamativo es que la anciana es serbia y el buen samaritano, albanés.

"¡Abuela, ya ves que estoy de vuelta!", exclama Fadil Rama cruzando el umbral de la puerta de la señora Dicic, con dos bolsas de provisiones. 

La pequeña casa de paredes blancas está agrietada por el peso de los años, que también ha encorvado a la anciana.

Las idas y venidas del comerciante de 48 años son un inusual ejemplo del acercamiento entre las comunidades serbia y albanesa de Kosovo, cuyas relaciones siguen marcadas por la desconfianza más de 20 años después de la guerra.

Desde la contienda bélica de 2008 que desembocó en la declaración de independencia, muchos serbios se fueron. Los que se quedaron viven en enclaves alejados, entre una población mayoritariamente albanesa.

Palabra de honor

La señora Dicic es la única en haberse quedado en la aldea después de las oleadas de emigración hacia Serbia y las localidades cercanas. Las zarzas han invadido las casas. 

Su marido falleció hace 20 años. Cuatro de sus hijos viven en Serbia.

Hace unos meses --cuenta Fadil Rama a la AFP-- uno de los hijos de Dicic le pidió que "fuera a ver a su madre de vez en cuando". "Le di mi Besa (palabra de honor) de que cuidaría de ella y la trataría como a mi propia madre", añade, refiriéndose al código albanés que exige cumplir las promesas al precio que sea.

El comerciante vive en Strezoc, un pueblo de mayoría albanesa a dos kilómetros de distancia. Cuando vio que la señora Dicic no podía salir ni caminar sola, empezó a visitarla cada dos o tres días para traerle víveres y leña y hacerle compañía.

La anciana lo aprecia. "Me ayuda con todo, con la madera, el agua y el pan", explica a la AFP. "Es como mi hermano".

Cuando se va, ella le pide que "salude a su esposa de su parte".

El municipio de Kamenica, la ciudad más cercana, se ha ofrecido a realojarla, pero ella se niega a abandonar su casa. "Si me ataran con cadenas en un apartamento, las rompería".

"Seres humanos"

Su amistad también resistió la pandemia del nuevo coronavirus.

Como no tiene televisión ni radio, la señora Dicic se enteró por Fadil Rama de la epidemia que causó una treintena de muertos en Kosovo, donde las autoridades aplicaron medidas de confinamiento draconianas.

"Tenía miedo, y sigo teniendo miedo del coronavirus, no de que ella me lo transmita, sino de que yo se lo transmita a ella", añade Fadil Rama. "Pero no paré a pesar del peligro. La sigo visitando".

Por el momento la aldea del comerciante se ha librado de la Covid-19, pero hay contagios en las localidades cercanas.

Sus vecinos son comprensivos. "Todos somos seres humanos y es bueno ayudar cuando se puede", comenta Xhevat Rama, un campesino de 48 años.

Tomislav Canic, de 56 años, es el patriarca de una de las dos únicas familias serbias de Strezoc. Fadil Rama es "como la mano derecha de la anciana", dice. "La política no ha estropeado las relaciones en esta región. El coronavirus nos asusta más".