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“El confinamiento es la mejor fórmula para evitar el contagio, pero no puede mantenerse indefinidamente”, dijo el lunes Rubén Costas y comenzó a enumerar estrategias para salir del aislamiento total: Test rápidos para identificar a los contagiados, distanciamiento personal para evitar nuevos contagios, uso del barbijo e higiene. Sin embargo, mientras el gobernador cruceño proponía, la calle imponía su propia ley, rompiendo la cuarentena.

“Es como si la gente le hubiera perdido el miedo al virus”, dice Rocío Márquez, una doctora que toma muestras para las pruebas Covid-19 en el hospital de El Remanso.

Así, por ejemplo, hay la certeza colectiva de que el virus muere en dos días si uno toma la dosis de un antiparasitario o si lo complementa con antibióticos y antibacterianos para los pulmones, no tendrá que ser internado, llegar a terapia intensiva y morir ahogado por la falta de aire.

A todo eso, Iván Javier Castedo, médico infectólogo, lo llama “coronabulos”, una serie de informaciones falsas que circulan por las redes sociales y que han llevado la infodemia por coronavirus a niveles peligrosos de los que no se salvan ni los médicos.

Menciona algunos ejemplos: Los artículos científicos sobre el Covid-19 se duplican cada dos semanas. Antes del anuncio del nuevo coronavirus, se producía unos 3.000 artículos sobre estos virus al año. Ahora, se calcula que se producen 700 por día, llegando a 20.000 en los primeros tres meses del año. Esto ha generado que los artículos no sean editados o comprobados por personas capacitadas para ello, que sus colegas pasen de la hipótesis a la conclusión, saltándose la experiencia y la teoría y que en la actualidad estemos informados de las investigaciones científicas en tiempo real, sin los filtros necesarios.

Eso llevó, según su criterio, a aceptar como tratamientos protocolos que no han sido completamente comprobados y cuyos ensayos carecen de rigor científico. Esto ha afectado, incluso, a gobiernos como el de Francia, que llegó a advertir sobre el uso del Ibuprofeno (un antiinflamatorio de uso masivo) y que Estados Unidos y Brasil consideren a la hidroxicloriquina como la cura definitiva, sin que lo sea realmente.

¿Y el instinto de conservación?

Sin embargo, todo eso no explica por qué la población se lanza a las calles como si fuera inmune. Para Isabella Prado, sicóloga social, hay varias explicaciones. Una de ellas, es una especie de sociedad adolescente, que está viviendo su propia “fábula personal” en la que cree que a ella no le sucederá eso.

Prado explica que esa es una etapa de desarrollo de la adolescencia donde la persona se cree ajena a los males del mundo. Otra de sus hipótesis pasa por lo observado en los estratos sociales más pobres, donde las personas tienen la sensación de poco control de los efectos del medio sobre su vida, algo que los lleva a creer que hagan lo que hagan las cosas pasarán, por una especie de decisión del destino.

Esto se acentúa también con las necesidades económicas de la población, que se ha visto obligada a salir a ganarse la vida, arriesgándose al contagio.

A ello, le suma una falta de claridad de las autoridades. Partiendo de las idas y vueltas del Ministerio de Salud, sobre las definiciones de tratamiento, hasta las medidas de las autoridades locales, como los cierres de mercados que generan mercados clandestinos alrededor del centro de abastecimiento cerrado.

“No hay un liderazgo que te haga sentir seguro. Han cambiado de opinión tantas veces que la gente dice: ‘Estos saben menos que yo’. Las personas están expuestas a información de todo tipo y escoge qué creer, porque no hay el contraste de una información dada con verdadero liderazgo”, dice Prado.