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Tienen el rostro cubierto, pero no es para ocultar su identidad, sino para evitar que el coronavirus, ese enemigo diminuto y esquivo, acabe con sus vidas. Están en la primera línea de la trinchera, donde nadie más quiere estar, donde todos los días hay más historias de derrotas que de éxito. Sufren críticas. Algunos han tenido que alejarse de su familia para evitar contagiarlos. Otros han sido abucheados, apedreados, o amedrentados por sus vecinos, temerosos de que se lleven el mal del trabajo a la casa.

Son los héroes de blanco y de celeste: son médicos, enfermeras, técnicos en Rayos X y tomografía, laboratoristas, personal de limpieza, cocineros, administrativos, porteros, choferes, gente que mantiene andando un sistema de salud precario y que, en muchos de los casos, no sabe si tendrá un trabajo el 1 de enero del próximo año.
Un alto porcentaje de los médicos que se enfrenta al coronavirus en Bolivia no tiene ítem que les garantice un contrato indefinido, la mayoría tiene un vínculo laboral hasta el 31 de diciembre y muchos fueron contratados por solo tres meses.

EL DEBER quiso homenajear a los trabajadores de salud de todo el país con el rostro de los funcionarios de los hospitales El Remanso, Pampa de la Isla y San Juan de Dios, los nosocomios cruceños que más pacientes con coronavirus atienden y que a diario tienen que enfrentarse a la muerte. 


Por exponerse a la muerte no tienen ni siquiera un bono. Muchos de ellos no recibirán el bono de vacunación, beneficio que les llega solo a los que cuentan con ítem. Han tenido que multiplicar además saberes y especialidades, porque si bien el problema principal del nuevo paciente es el contagio del coronavirus, estos llegan además complicados por cáncer, diabetes, hipertensión o enfermedades renales. 

“Hay pacientes que están en piso, pero deberían estar en terapia, no pueden alimentarse por sí solos, están amarrados a las camas para que no se lastimen por el dolor que sienten. No quisiera que un familiar mío caiga así”, dice una dirigente de la Pampa de la Isla. 

Ellos han visto cómo muchos de sus colegas se han contagiado y se sienten abandonados y desprotegidos cuando esto pasa. Allí se convierten en paciente y deben pasar el viacrucis de trámites que el resto de los mortales sufre cuando está del otro lado: tardan más de 24 horas en atenderlos en su seguro y, a veces, por falta de espacios terminan internados en el mismo hospital en el que trabajan. 

“Nos dicen guerreros, luchadores, pero estamos totalmente abandonados”, dice Giovanna, una dirigente de la Pampa.

Ahora es cuando Bolivia comienza a valorarlos mejor e incluso se plantea la necesidad de ‘clonarlos’. El déficit de médicos es enorme y los profesionales que hay en el país deben ‘estirarse’ para dar abasto. Es por ello que, desde la semana anterior, se les permitirá trabajar en dos hospitales públicos a la vez. Descansarán menos, se expondrán aún más y la recompensa económica no acompañará al sacrificio.

Ante todas estas adversidades, la vocación es la que los lleva a seguir adelante: “Para eso nos entrenaron, si no lo hacemos nosotros, quién más lo va a hacer”, dice Rocío, una laboratorista del Hospital El Remanso.