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Estas son las historias de dos mujeres que debieron llevar sus embarazos y soportar sus nacimientos detrás de las rejas del PC-2 de Palmasola. Ellas cuentan las transgresiones al derecho de ser mamá, los abusos que les tocó soportar por haber tomado la decisión de dejar que un nuevo ser vea la luz en medio de un sistema carcelario carente y su lucha sin rendimiento en una cárcel hacinada, sin ginecólogo obstetra y sin un ecógrafo adecuado.

Son distantes, distintas. Una está luchando para demostrar su inocencia, la otra purga una condena de 30 años. La primera estuvo recluida por cuatro años y medio, la segunda está a punto de cumplir 13 años de encierro. Pese a las diferencias en sus realidades, ambas compartieron un mismo escenario de tormentos, sufrimientos y también un espacio donde tuvieron que recibir la bendición más grande, traer una nueva vida al mundo.

Palmasola fue el reclusorio donde ambas fueron madres. Vieron crecer a sus retoños en medio de personas que se drogan, donde la violencia es moneda corriente, donde la bota policial manda cuando la disciplina se relaja y donde la prostitución es una forma más de ganarse la vida.

“Siempre estaremos juntos, vamos a estar bien”, le decía a su vientre María (nombre ficticio) en una de las tantas largas noches de encierro que pasó durante la etapa de gestación, mientras trataba de adivinar si el ser que estaba creciendo en sus entrañas era un varón o una niña.



“No pude saber nunca el sexo de mi bebé, hasta que la enfermera que estuvo durante mi parto dijo que mi hija estaba bien”, recuerda ella, mientras se le entrecorta la voz al otro lado del teléfono y afirma que varias veces estuvo a punto de perder a su niña durante su gestación, tiempo en el que solo una vez fue atendida por un ginecólogo obstetra.

Selva Camacho, la interna que ahora goza de libertad irrestricta en su proceso y que vive en La Paz, también recordó que durante el tiempo de gestación que estuvo en el PC-2 de Palmasola, su embarazo fue un tormento.

“Nunca tuve un control adecuado para mi tercer hijo, fue algo muy duro, tanto así que las internas tuvieron que hacer una protesta para conseguir que salga del penal para ser atendida en un centro de salud”, cuenta la mujer y afirma que cuando llegó a un centro asistencial para dar a luz por tercera vez, los médicos se sorprendieron de que ella nunca había recibido el seguimiento ginecológico debido.

“Hay todo tipo de internas, aquellas que son muy violentas y las que no tiene buen trato con nadie, pero cuando se debe luchar por una mujer embarazada todas, se unen”, recordó Selva.

Su hijo, un varón que ahora tiene tres años y medio, aquel día que Dios decidió enviarlo al mundo ya había padecido sufrimiento fetal en el vientre de mamá y el cordón umbilical se le había envuelto en el cuello. “Todas las mujeres cambiamos por un hijo, pero mucho más las presas”, apuntó.


Tanto María como Selva, coincidieron al indicar que luego de estar fuera del penal, cuidando de su salud y con sus recién nacidos en los brazos, retornar al penal fue un nuevo golpe en sus vidas.

“El camino de retorno fue tranquilo, pero al ver la reja de ingreso me desarme”, recuerda María, mientras no aguanta más y llora al otro lado del teléfono. Luego retoma el aliento y dice que aquel nacimiento, por cesárea, fue traumático y duro, pero que no era nada comparado con su regreso a la cárcel.

Selva también sintió la misma desazón al retornar a su encierro provisional, pero al mismo tiempo sus fuerzas se renovaron para luchar desde la cárcel para sobrevivir y hacer que su niño y su otro hijo, que entró a la cárcel con ella cuando apenas tenía un año y medio, sobrevivan a los cientos de plagas y vicios del penal.

Inocencia, dolor y ternura

“Cuando cumplió un año y seis meses, tuve que tomar la decisión de dejar que la personita que me había cambiado la vida en el penal, que se convirtió en mi libertad pese a estar entre rejas, tenía que irse por su bien”, cuenta María e inmediatamente solloza.

Luego, respira, toma aire y dice que fue lo mejor que pudo haber hecho, aunque cada vez que llegaba para visitarla, su salida volvía a convertirse en un tormento.

“Ahora es una adolescente inteligente, es una gran alumna y si bien la extraño, sé que lo que hice fue lo mejor”, piensa en voz alta María y lamenta que no pudo estar a su lado en momentos importantes, lo mismo que pasó con su hija mayor, que está pronta a cumplir 15 años y la niña que iluminó su encierro, cumplirá 13 el 28 de mayo, un día después de la jornada dedicada a las mamás.

Recuerdo el día que mi niña decidió venir al mundo, fue después del festejo del Día de la Madre, cuenta María y dice que nadie se imaginó que al día siguiente los dolores le avisarían que estaba en camino su niña.

Para esta mujer, el tiempo que le tocó estar junto a su pequeña fue una liberación, ya que tuvo la suerte de no lidiar con enfermedades que la hubieran atacado y de gozar del apoyo de su familia, que siempre estuvo cerca de ella hasta el momento de la salida de la menor.

El caso de Selva fue distinto, ya que desde su detención en las celdas policiales su periplo en la justicia no tuvo contemplaciones, pese a que ella tuvo que soportar la detención en las celdas junto a una niña de apenas dos meses.

“Cuando estuve detenida por diez días en espera de mi audiencia cautelar en La Paz, mi hija se quedó conmigo todo el tiempo. Tuvo que dormir en el piso de las celdas judiciales y terminó enferma, por lo que tuvieron que internarla”, recuerda la mujer, que después de dormir una noche en el quinto pabellón de Palmasola, cuando la justicia había decidido que debía quedarse detrás de las rejas en espera de su juicio, tuvo que dejar que su pequeña salga del reclusorio porque solo en unos días de estar ‘detenida’ la niña se enfermó.

“En reemplazo de mi hija se quedó su hermano, que desde que me vio no hubo poder humano que lo haga desistir de dejarme y tuve que meterlo conmigo a la cárcel”, cuenta Selva y recuerda que al poco tiempo de estar recluida, las carencias y la falta de dinero empezaron a sentirse, ya que la leche del pequeño se acabó y ante el llanto desesperado del niño, ella tuvo que darle ‘yupi’ (colorante para hacer refresco) con agua en su mamadera.

“Mi hijo es un verdadero guerrero. Pese a todas las carencias que había, él poco a poco comenzó a convivir en este infierno”, explica Camacho y describe como era en aquellos primeros años de su luchador: “Mi hijo era gordito, fuerte, pese a que se enfermó varias veces y estuvo internado a punto de morir, fue un niño que se terminó por adaptar al mundo que nos tocó vivir”.

Para esta mujer sindicada de corrupción por la anterior gestión gubernamental, la llegada de su cuarto hijo, el bebé que decidió venir al mundo pese al sufrimiento fetal que soportó en el vientre de su mamá, donde el cordón umbilical amenazaba con estrangularlo, fue una verdadera luz en su vida.

“Mi último hijo era más tranquilo, era ternura y felicidad. Se ganó el corazón de las reclusas”, recordó Selva y contó que tuvo que lavar baños (por lo que le pagaban Bs 35 por semana) para alimentar a sus dos hijos, que en la cárcel eran inseparables y se volvieron dueños de los pasillos, ambientes y recovecos del PC-2, que para Selva es el ‘infierno’.

De acuerdo con los cálculos estimados de María, que está presa hace más de 10 años. Ella cree que en este lapso de tiempo han venido al mundo dentro del penal cerca de 100 menores.

“Solo en un caso fui testigo de cómo una mujer no pudo salir del penal y tuvo que dar a luz en su pabellón, con la ayuda de otras internas”, recordó María y precisó que la mujer era una colombiana, que ya dejó la cárcel.

Actualmente, en el PC-2 hay unas cinco mujeres embarazadas, que traerán vida en este espacio de encierro, donde ahora conviven con sus madres alrededor de 20 niños menores de cinco años, que al igual que los hijos de Selva y de María, tuvieron por casa el sitio que muchas llaman ‘infierno’.