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OPINIÓN

Es más fácil salir del error que de la confusión

Carlos Hugo Molina 2/6/2020 03:00

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La frase pertenece al entrañable Joan Prats y su enunciado abre un mundo de reflexiones. La dijo refiriéndose a las conductas humanas y políticas de quienes consideran que la realidad responde a sus visiones personales y que suponen, todos debiéramos tener las mismas. Frente a la confusión, no hay nada que deba ser modificado, todo está bien y gracias a ello, se suman las irracionalidades y los desconciertos. La pandemia ha logrado poner en evidencia la confusión de manera más rápida. Preguntas sencillas nos ayudan a evidenciarla.

¿Cómo entender que nos propongan soluciones con acciones anteriores al coronavirus? Los médicos del mundo insisten que durante este tiempo debemos reconocer el riesgo del contacto por un virus letal, la necesidad de mantener distancia social, la urgencia de evitar salidas innecesarias de las casas; al mismo tiempo, hay quienes proponen movilizaciones, protestas, aglomeraciones y, además, las practican como si no pasara nada. ¿Tan difícil es comprender el valor de la vida en estos momentos? Y, por otro lado, ¿cuál debe ser la medida de nuestra rebeldía frente a situaciones que consideramos injustas y corruptas?

Se repite que ningún país estaba preparado para enfrentar una situación de salud como esta y sus consecuencias sobre la economía cotidiana; como consecuencia, dos son las preocupaciones que tenemos el común de los mortales, salud y sobrevivencia planteadas desde el inicio de esta crisis con una dicotomía lacerante, ¿morir de hambre o infectados? 

Convengamos que la inteligencia práctica de la gente, su capacidad de organización, solidaridad y resiliencia, sumados a las medidas de bonos de emergencia, el esfuerzo de los trabajadores de salud, el riesgo de comunicadores y ciudadanos de uniforme, han permitido no llegar al extremo de la decisión. Aceptemos también, que las medidas adoptadas son de difícil sostenimiento en el largo tiempo. Si esto es evidente, se hace necesario realizar un sinceramiento con nosotros mismo y aceptar las dificultades que tenemos para reconocer esta nueva realidad.

Si de verdad el compromiso es con la Vida, la salud y la sobrevivencia económica de nuestras familias, debemos darnos las respuestas a las preguntas ingenuas que se repiten:

¿Cuándo se reconocerá públicamente la absoluta impertinencia de aplicar la Ley de elecciones en los plazos definidos?

¿La fecha de las elecciones serán definidos por cálculos y encuestas? 

¿Qué falta para que se sosieguen los espíritus y se imponga la necesidad de establecer un Pacto por la Vida?

¿Cuándo aceptaremos que todo lo que hagamos que no signifique cuidarnos, es una invitación al contagio?

Hay muchas más, con mayores grados de complejidad y complicación. Será más difícil lograr otras respuestas si no absolvemos estas elementales y básicas. Y para eso, debemos salir de nuestra confusión pues nos jugamos la salud, la Vida, la comida y el trabajo.