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El gobierno de la presidenta Jeanine Áñez viene dándole al país algunas preocupantes señales de debilidad que no le hacen bien ni a su propia estabilidad ni al país, que necesita un gobierno seguro, sólido y decidido, que escuche a la población, pero que tampoco se deja llevar por defecto por algunas opiniones que surjan de ella. 


El capítulo más reciente de lo apuntado es la veloz destitución del ministro de Minería, Fernando Vásquez, por una desafortunada expresión. Ciertamente, hizo mal el ministro en expresarse de una manera tan coloquial olvidando su investidura y el manejo básico de una estrategia de comunicación y deslizando un mensaje racista inaceptable.


Para responder que no tiene vínculos con el MAS por haber trabajado como director en el ministerio de Minería, Vásquez no tuvo mejor idea que mirarse al espejo, describir sus ojos verdes, su cabello crespo, decir que es blanco y que esas condiciones lo hacían incompatible “con el resto de personas del Movimiento al Socialismo”.


Rápidamente el ministro fue tildado de racista y no hubo disculpa que logre borrar con el codo lo que había escrito con la mano.


De inmediato llegó el tuit de la presidenta: "Como presidenta he decidido la destitución del ministro Vázquez por sus expresiones racistas. En este gobierno no se acepta corrupción ni discriminación alguna".


La reacción de la mandataria quizá fue excesiva si se considera que frente a una expresión verbal hubo otros actos en funcionarios de su gobierno que dejaron más dudas y no por lo que hubieran dicho, sino por lo que hicieron, como el caso del uso abusivo de aviones de la Fuerza Aérea para trasladar a personas particulares solo porque eran cercanos a su hija o a uno de sus ministros. Para ellos no hubo destitución y ni siquiera un llamado de atención.


En un caso como este, la presidenta debió censurar las expresiones de Vásquez e incluso hacerle una severa advertencia para que no vuelva a incurrir en un nuevo desatino. Y con eso hubiera sido suficiente. Pero echar a un ministro por una expresión solo demuestra la debilidad de un gobierno que en ocasiones parece preso de algunas opiniones en redes, porque por muy virales que estas parezcan, no siempre serán expresiones de la mayoría de la población.
Algo parecido ocurrió hace pocos días cuando anunció el nombramiento de quien hasta entonces era viceministro de Planificación del Desarrollo, Germán Huanca, un destacado funcionario de carrera, como nuevo director del Fondo de Desarrollo Indígena.


Fue suficiente que a Huanca le trucaran en redes una foto para montar la sigla del MAS sobre el logo original de una polera suya y unas pocas acusaciones de que era del MAS –después quedó aclarado que eso no era verdad- para que el gobierno de un pie atrás y retire el nombramiento del funcionario, que también dejó de ser viceministro. ¿Pueden una acusación falsa, un rumor, una fake news hacer daño a una persona y cambiar la decisión de un gobierno? Pues queda claro que en esta administración, sí.


Por esos mismos días, el gobierno de Jeanine Áñez destituyó a Rafael Quispe, Director del Fondo de Desarrollo Indígena, con el pueril argumento de que sostuvo una reunión con una comunidad incumpliendo la cuarentena y que había utilizado una movilidad del Estado para hacer viajes a regiones paceñas. Por esas fechas hubo un festejo cumpleañero grupal en el entorno presidencial, y nadie dijo nada.


Una vez más el gobierno leyó el Facebook, encontró varias expresiones de rechazo a la destitución del popular y carismático “Tata” Quispe, y volvió a dar marcha atrás para anunciar que Quispe no se iría y ocuparía otras funciones en el Ejecutivo. El líder indígena salió por su dignidad y respondió que no aceptaría volver a trabajar con este gobierno. 


Poco más de seis meses es poco tiempo para demostrar demasiada inestabilidad en los nombramientos de autoridades que un día están, al otro día no. La razón de fondo de la dubitación gubernamental es el cálculo electoral que le lleva a la presidenta a tratar de “quedar bien” con el electorado porque sabe que dentro de poco habrán elecciones. Y ese, para la democracia, es otro de los problemas de tener presidente que a la vez es candidato a la reelección o –caso curioso- a la elección, como en este caso.