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Primero, la próxima cumbre del G7, con los líderes de las principales naciones industrializadas occidentales, debía convertirse en el gran Show de Trump. El presidente de los Estados Unidos, Donald Trump, había invitado a su hotel de golf en Florida. Pero hubo resistencia interna y la crisis del coronavirus acabó de frustrar sus planes. Ahora, quiere celebrar la reunión en septiembre, o "tal vez después de las elecciones". También le gustaría invitar a Rusia, Corea del Sur, India y Australia. Pero, ¿vale la pena mantener esta forma de reunión?

Protestas de la UE

La pregunta es si Trump planea una invitación extraordinaria para Vladimir Putin y los demás, o una expansión del grupo a dedo. Pero la UE ya está protestando contra lo que considera una especie de golpe de Estado: "Rusia está excluida", dice el jefe diplomático Josep Borrell, hasta que cambie de rumbo. La anexión de Crimea dio motivos en 2014 para excluir a Putin del G8 en ese momento, así resurgió el G7.

Borrell advierte que un cambio y expansión permanente del grupo no es un privilegio de los Estados Unidos. Los anfitriones pueden establecer la agenda e invitar a quienes tengan algo que aportar políticamente, o con quienes quieran mantener buenas relaciones. Pero si se quisiera invitar permanentemente a Australia, India y otros, tendría que haber una votación entre los actuales miembros. Además, la UE considera al G7 como un importante marco geoestratégico para el intercambio mutuo. Pero, ¿lo son realmente?

¿Todavía necesitamos el G7?

La queja de que nada saldrá de estas cumbres es tan antigua como el formato en sí mismo. En agosto pasado, en Biarritz, el anfitrión Emmanuel Macron logró evitar un escándalo y una discusión con Donald Trump. Pero los resultados positivos fueron más bien escasos. Desde que el presidente de los EE. UU. asumió el cargo, todo gira en torno a evitar que derribe instituciones internacionales como la OTAN, la ONU o el G7.

"Era un formato razonablemente útil, en el que las principales naciones industrializadas se reunieron durante décadas para discutir sus temas más importantes", opina Jeremy Shapiro, del Consejo Europeo de Relaciones Exteriores. Y una expansión no sería nada nuevo: desde su formación, tras la crisis del petróleo en 1973, el grupo creció lentamente desde un club de cinco miembros hasta uno de ocho, con Rusia, en 1998.

Washington quiere cambiar la naturaleza del G7, explica Shapiro. "El tema de fondo aquí no es Rusia, sino China. Lo que Washington quiere es construir un frente común con otros países contra China", aclara el experto en política exterior y llama a esto: "Kissinger en reversa".

Durante la Guerra Fría, los Estados Unidos y su entonces secretario de Estado lograron transformar a China en enemigo de los soviéticos. Ahora, pretenden involucrar a Rusia como aliado contra el creciente predominio de China. Esta lógica geopolítica no necesariamente proviene del presidente, sino de los estrategas de su círculo de asesores.

Por supuesto, los europeos podrían vetar una nueva adhesión al grupo. Pero, si Estados Unidos quisiera expandir el G7, ¿por qué diría la UE que no a Australia o Corea del Sur? Mientras las reuniones no sean abiertamente una "coalición anti-China", a los países europeos les interesa también participar en una alianza estratégica que aborde el tema chino. "El G7 podría ser nuevamente útil en una nueva formación", considera Shapiro.

¿Para qué?

Los europeos deberían acabar de desechar el G7, un evento sobre el que siempre se ha informado demasiado y donde se ha decidido muy poco, opina por su parte Shada Islam, del grupo de expertos Friends of Europe, en Bruselas. Los tiempos cambiaron con el auge de China, India y Brasil. Y aunque reporteros ansiosos continuaron procesando comunicados insípidos de la cumbre del G7, en realidad, ya a nadie le importan, dice.

Los opositores a la globalización pueden haber creído en una trama oscura, pero los periodistas siempre supieron la verdad: eran eventos de exhibición. "Los G7 son una reliquia del pasado, faltos de ideas e influencia, y no están a la par con un mundo que cambia rápidamente y está actualmente en problemas. Europa debería ser lo suficientemente valiente como para desinflar ese globo", sugiere Islam.

Al mismo tiempo, el gran grupo del G20 tampoco es un foro efectivo para la toma de decisiones. Islam alienta a la UE a participar en nuevas alianzas en varios niveles, a buscar la cooperación con la Asociación de Naciones del Sudeste Asiático (Asean) y con organizaciones africanas. "Darle la espalda al G7 no será fácil. Participar de un club exclusivo y de élite trae prestigio. Y a nadie le gusta ceder privilegios." Pero la fiesta terminó, dice la politóloga.

Una nueva alianza para Europa

Menos en relación con el G7, y más con los desafíos globales, la UE debería forjar una alianza completamente nueva, dice también Judy Dempsey, de Carnegie Europe. La idea de una comunidad de democracias podría revivirse en un grupo más grande, una especie de nueva alianza occidental. Ella ve a Australia, Canadá, Japón, Nueva Zelanda, Corea del Sur y algunos países africanos como posibles socios.

En lugar de un club de discusión, se tendría entonces una nueva alianza política, respaldada por acuerdos comerciales, vinculada a valores democráticos y con fuertes compromisos de protección climática.

Semejante nueva alianza debería también volver a poner el control de armas en la agenda. Después del casi colapso de todos los antiguos tratados, habría que encontrar, con Estados Unidos, Rusia y otros, un camino de regreso al desarme convencional y nuclear. Aunque la administración Trump y el Kremlin muestren ahora mismo muy poco interés, el riesgo es demasiado alto para permitir que continúe el estancamiento actual.