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En la pandemia cayó el sistema educativo

24/6/2020 03:00

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Por: Álvaro Puente

Escuelas y colegios empezaron a trabajar en febrero y en poco más de un mes se quedaron sin alumnos, sin vida. Como la cuarentena, el cierre educativo llegó sin haber pensado qué nos quedaba por hacer ni qué caminos quedaban por explorar. Los que hace meses cerraron los centros educativos, no pensaron lo que hacían. Y la somnolienta área educativa, despierta cuatro meses después y no se pregunta qué le toca ser en la nueva situación. Se pregunta cómo peinarse, que vestirse o cómo aprovecharse de la situación.

Nunca ocurrió algo parecido. En nuestra convulsa historia, jamás se cerraron las escuelas por cuatro meses. Y vamos para más. Nunca se quedaron los niños en casa y, menos, nunca quedaron encerrados en casa con sus padres dentro. No nos imaginamos cuántos padres han descubierto a sus hijos y cuántos hijos han conocido realmente a sus padres. No hay escuela pero está el hogar en pleno, dedicado a los pequeños de la casa. Infinidad de parejas están desesperadas. No saben qué hacer. No saben cómo relacionarse, cómo conversar, cómo escuchar, cómo entender vidas tan diferentes. La inmensa mayoría de papás no saben qué debieran enseñar, ni cómo hacerlo. No se les ocurre qué tareas encomendar. No tienen idea de qué trabajar con cada uno de los hijos. Con todo, esta nueva experiencia es única, es fecunda y educa.

Lo más rico de este tiempo es la búsqueda. Todos aprendimos algo en la inesperada vida que nos cayó del cielo. La segunda riqueza fue liberar a nuestros pequeños de la vieja y destartalada escuela. Se detuvo por fin el sistema repetitivo y anquilosado, los viejos dictados, los castigos, las tediosas tareas, los programas que no vienen a cuento, las lecciones que no enseñan nada. Pero la solución no va por poner una dinamita a las escuelas. La solución es transformarlas. Eso debiera plantearse el país a raíz de lo vivido.

Ni ministerio ni maestros han comprendido el precioso momento histórico que vivimos. Cuando la cuarentena se ha llevado la mitad del año escolar, recién despiertan maestros y ministerio. Los dos han hablado, aunque ninguno ha dicho nada. Están en otra galaxia.

El ministerio teoriza sobre las diferentes educaciones a distancia y sus virtualidades. En lugar de entregarles, encomienda a las escuelas que se armen de plataformas virtuales, que utilicen las nuevas herramientas de comunicación a distancia, que ni conocen, ni están a su alcance.

En el otro extremo los maestros, sentados, creen que es el momento de exigir y aprovechar ¿Cómo no les han consultado a ellos, los especialistas? ¿Cómo no les dan otra vez computadoras? ¿Cómo no les dan plataformas? Y, no sea que se termine la cuarentena, quieren que se clausure cuanto antes el año escolar. Están preocupados con registros de avance, con estadísticas, con titulaciones de bachilleres, con todo lo que es forma, con la cáscara, con lo que no importa. Ni por casualidad piensan en lo humano. No les preocupa saber cómo hacer crecer a las personas que les habían encomendado. No se preguntan cómo incidir en la realidad familiar de la cuarentena. No acuden a los medios que existen para conversar e interactuar con sus alumnos.

El virus nos ha pillado en pelotas. No estamos preparados para continuar con el día a día, ni para dar respuestas nuevas a los nuevos problemas, a las nuevas situaciones. No tenemos los equipos modernos ni nos hemos preparado para utilizarlos. No hemos formado a nuestros maestros como los necesitan los alumnos. Y lo más grave, ni autoridades, ni sociedad nos hemos dado cuenta de que la educación que tengamos ahora será la Bolivia que tendremos dentro de poco.