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El peor momento de la patria

Robert Brockmann 25/6/2020 03:00

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En el grueso tomo de “Los peores momentos de la patria”, ¿cuál habrá sido el peor? Voy a escoger uno de mis favoritos: la batalla/asedio de fortín Boquerón, a inicios de la Guerra del Chaco. Allá, unos pocos cientos de soldados bolivianos resistieron el sitio de varios miles de soldados paraguayos. El huayño titulado “Boquerón abandonado” contiene la línea “sin comando ni refuerzos”, que explica el triste sino del coronel Marzana y sus bravos abandonados. Paraguay recuperó su fortín mientras miles de soldados bolivianos en camino al Chaco estaban varados durante semanas porque los partidos políticos peleaban en el Congreso por ministerios. En el peor momento posible para la patria, los políticos paralizaron al gobierno de Daniel Salamanca con interpelaciones y otras vainas leguleyas. Boquerón se perdió en la plaza Murillo por culpa de los políticos, no por falta de huevos de los soldados bolivianos.

El dilema de hoy, de acudir a elecciones en medio de esta plaga bíblica, vs. posponerlas en aras de la salud, parece resuelto a favor de las elecciones el 6 de septiembre, contra el deseo de la presidenta Áñez. Sus allegados insisten aún en que las elecciones se debieran llevar a cabo más tarde y daría la impresión de que una eventual explosión de la peste podría darles la razón.

Yo saludé el ascenso de Áñez al poder transitorio. Ese 12 de noviembre escribí en Twitter “cuidemos a nuestra presidenta” y en el primer minuto en que surgió el dilema de elecciones vs. salud yo estuve firme del lado de la salud, al punto de que probablemente ni siquiera acudiría a votar. Pero entretanto ha pasado agua bajo el puente, y no toda buena.

El problema es que entretanto, por todo lo sucedido, sus colaboradores más cercanos, su gobierno —y ella misma— están sufriendo una rápida erosión política. La fuente de su legitimidad era, precisamente, lo efímero y puntual de su mandato. Al dejar de ser efímero y puntual, su legitimidad se evapora aceleradamente. Y no la recuperará, ni tampoco su popularidad. Es un camino sin retorno y de una sola vía.

Por supuesto, su candidatura tampoco ayuda, pues convierte a las otras fuerzas políticas en rivales, como si no bastara con tener al MAS en contra. Y, por tanto, no puede concertar urgentes acciones de unidad nacional con otros partidos con los que tiene puntos en común (con el MAS no tiene nada).

Por ese camino, mientras más dure, el gobierno incrementa sus posibilidades de eventualmente perder el control de la situación. Que la sociedad, y entre ella los simpatizantes o no del MAS (es falsa la dicotomía de que quien está contra Áñez está con el MAS), apueste por la desobediencia civil y que, como a Banzer en 2000, ni siquiera le funcione el indeseable estado de sitio. Ergo, mientras más tarde sean las elecciones, más posibilidades de un desenlace a lo Goni o a lo Evo.

Ese es un escenario apocalíptico, pues la presidenta Áñez es el último recurso legal en la sucesión constitucional vigente. Después de ella es el diluvio. Ante esa perspectiva, unas riesgosas elecciones en septiembre parecen un mal menor.

En 1932 la clase política sacrificó Boquerón por cuotas ministeriales. Si Áñez sacrificara su candidatura, ¿se colocaría la clase política a la altura y habilitaría acciones de verdadera concertación nacional contra la peste que nos asola? ¿Son mejores los políticos bolivianos de hoy, comparados con los de entonces?

Lo que debería preocuparnos es que su (inevitable) renuncia a la candidatura llegue demasiado tarde incluso para salvar a su gobierno. ¿Qué sucedería el día después?