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OPINIÓN

Mesa y el justo medio

26/6/2020 06:34

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Por: Luciana Jáuregui Jinés, socióloga. / Marcelo Arequipa Azurduy, politólogo.

El candidato de Comunidad Ciudadana Carlos Mesa decidió en las últimas semanas apuntalar su candidatura desde el medio. En efecto, la reelección de Evo Morales generó un escenario de polarización social caracterizado por la radicalización ideológica de las fuerzas políticas, la conformación y homogenización de dos bandos sociopolíticos y la hostilidad hacia determinados grupos sociales asociados al oficialismo de entonces. Las fuerzas de oposición se beneficiaron de una oportunidad histórica para copar el Estado, construir un proyecto político y generar adhesiones en función de la fisura masismo/antimasismo. Pronto las ilusiones se esfumaron, el posevismo propició paradójicamente disputas internas entre los partidos políticos antimasistas, la unificación de bloque indígena popular y un acelerado deterioro del gobierno de transición mermado por los episodios de violencia estatal y las denuncias de corrupción, nepotismo e ineficiencia en la gestión de la crisis sanitaria. Este rápido descrédito de las fuerzas políticas de la derecha más radicalizada generó una ventana de oportunidad para que Carlos Mesa se presente hoy como un “verdadero conciliador”.

El argumento aristotélico del justo medio establece una relación directa entre la norma y la organización de la comunidad, en el que el medio tiene la capacidad de solapar la disputa entre “los que tienen demasiado y los que tienen poco”. Así, en teoría, la equidistancia con los extremos y su preponderancia sobre ellos, propicia una relación de equilibrio, evita la “perversión” del Estado y aplaca el conflicto. En la misma línea, la estrategia mesista del justo medio procura disolver el juego de suma cero de las fuerzas políticas en pugna, apostando por un discurso racional y modernizador apegado a la superación civilizada de las pasiones y al formalismo de los iguales, en un contexto en el que la desigualdad y la contradicción de los bloques sociales se exponen descarnadamente. El discurso del medio busca interpelar a las clases medias movilizadas en “la revuelta de las pititas”, desde una tradición semántica que las asocia ahistóricamente a la moderación, la mesura y a la participación política virtuosa. Así, el efecto performativo desplaza la categoría pueblo hacia la de clase media, o transita de movimientos sociales a comunidad ciudadana. Más aún, el tercero incluido busca nutrirse de la polarización aplicando una retórica escolástica y personalista, en el que el capital social y cultural del candidato opere como imán de irradiación. La maniobra puede resultar efectiva en campaña electoral, pero los gobiernos no se esgrimen en la abstracción.

La intención de Mesa de situarse en el medio devela su estrategia de desmarcarse de las disputas efectivas del campo político y de politizar problemas comunes que en su momento impregnaron al masismo y que ahora perviven en el gobierno de Añez: la corrupción, la ineficiencia y la división. De ese modo, el cariz post político de la campaña mesista busca dejar atrás las viejas disputas ideológicas para abocarse en la administración y gestión pública neutral, eficiente y responsable, en tanto los problemas públicos son entendidos como gestión de los asuntos sociales, eludiendo su dimensión eminentemente política. Desde esta visión, la resolución de los problemas sociales concierne a la reivindicación de ciertos sujetos y procedimientos: la tecnocracia y la política de las “buenas formas”, o en concreto, de las instituciones liberales y de la política de los notables. Efectivamente, la agenda de la transparencia y la eficiencia impregna la cultura política general y, en tanto, se aborde como reivindicaciones puntuales dislocadas de su sustrato material, puede hábilmente desmarcarse de los clivajes izquierda/derecha.

Lo cierto es que este precepto de acción moral que supone una solución universal a los problemas sociales más diversos no puede abstraerse del contexto político en el que se emplea. La apuesta por el justo medio, lejos de la neutralidad, al privilegiar un determinado orden de cosas y una específica visión de la política inclina la balanza del poder y destierra a todo lo otro bajo el argumento de la neutralización del conflicto antes que de su resolución. Más aún, si se considera que la polarización alude a una específica configuración de la correlación de fuerzas de la que los sujetos no pueden abstraerse por puro voluntarismo y elucubración. La polarización centrífuga que hoy configura el campo político expulsa a cualquiera de las fuerzas existentes hacia los extremos, de tal modo que en el mismo momento en que uno se implica en el conflicto, toma posición. Al fin y al cabo, al definirse el centro como ni de izquierda ni de derecha extrae de la polarización su propio sentido, sin poder sin embargo llegar nunca a conciliar intereses que son por su naturaleza contrapuestos. Por último, si adicionalmente tal polarización se demarca en términos raciales y de clase, el esquema moralizador del justo medio se tambalea, pues el medio aun pudiendo llegar a serlo, jamás llegará a ser justo.