Opinión

La reelección: el pecado capital

27/6/2020 03:00

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Ronald MacLean-Abaroa*

Así como Estados Unidos, en cierta forma, sigue librando hasta hoy en día su Guerra Civil (1861-1865) –basta ver las protestas de los afroamericanos y la destrucción de los monumentos de los líderes confederados– Bolivia también continúa viviendo las secuelas de la Revolución de Abril de 1952. Evo Morales es el fruto del voto universal y de las otras reformas de esa revolución que promovieron a los indígenas a su condición de ciudadanos plenos, aunque como en los EEUU, todavía discriminados en su propia tierra.

La Revolución de Abril se truncó, en cierta manera, por las disputas de liderazgo entre sus impulsores, que adoptaron elementos de la Revolución Mexicana (1910) como la del partido hegemónico único, pero no la provisión de la no reelección presidencial. El PRI se mantuvo 70 años en el poder y el MNR sólo 12. Nuestro más grande estadista del siglo pasado, con toda su sagacidad y experiencia política, sucumbió al pecado capital de la reelección inmediata.

En efecto, Víctor Paz Estenssoro ya en su segundo periodo constitucional no continuo (1960-1964) decidió reelegirse inmediatamente, en contra de la Constitución, y fue prontamente derrocado por su vicepresidente, el general René Barrientos. El apoyo norteamericano al presidente Paz Estenssoro por parte del presidente John F. Kennedy trucó en desconfianza por parte de la presidencia de Lyndon B. Johnson, que prefirió a regímenes militares para combatir al comunismo. Y fue la ilegitimidad política causada por la reelección anticonstitucional que dio base a la caída del gobierno de Paz Estenssoro. Veinte años después el país convocó de vuelta a Paz Estenssoro, al estadista, a presidir Bolivia y salvarla de una de sus peores crisis, en un gobierno ejemplar con el que se despidió de la política.

Algo parecido ha sucedido con nuestro actual gobierno transitorio, convertido en “transeúnte”. Como en 1963, cuando la política exterior norteamericana hacia nuestra región pasó de la preeminencia del Departamento de Estado, que apoyó a Paz Estenssoro, a la del Pentágono, que prefería trabajar con militares. Hoy ese predominio se ha desplazado del Departamento de Estado a la Casa Blanca. Tras la visita de un alto funcionario del Consejo de Seguridad Nacional norteamericano, la presidenta Añez anunció su candidatura a la “reelección”. Grueso error histórico. Si hay algo a lo que los bolivianos estuvimos siempre opuestos fue al pecado capital de la reelección inmediata, impuesta en la Constitución masista, hecha para Evo Morales y abusada por éste hasta provocar su caída.

Precisamente ese pecado capital, esa misma práctica favoritista y corrupta, la de la reelección inmediata, que permite competir electoralmente al presidente en funciones en forma desleal, usando los bienes del Estado y que tanto aborrecimos y criticamos de Morales, fue la mismísima que adoptó Añez para postularse a la “reelección”, cuando ella nunca había sido realmente “elegida”.

De allí en adelante su gobierno adoptó la “identidad masista” en imagen y práctica y en ineptitud y corrupción. Lejos de unir a la oposición democrática, la fracturó y terminó haciendo un gobierno-campaña que la descalificó como Presidenta y como candidata. Al postularse, se convirtió en una gobernante sectaria, incapaz de inspirar confianza o ecuanimidad en sus actos, convocar al mejor talento para gobernar ni inspirar respeto.

Lo que siguió ya es una triste historia. Está claro que ella no tiene posibilidad electoral alguna de encabezar a la oposición para enfrentar al MAS. Su gobierno ha sido la confirmación en vivo de que ella no nos puede gobernar. Su postulación es el nudo gordiano que impide la unión de la oposición democrática alrededor del candidato opositor con mayor preferencia en las encuestas.

Sin embargo, ella puede aún retomar el camino de la magnanimidad y el patriotismo, a la vez de salvar su imagen y papel histórico. Debe dignamente renunciar ahora a su candidatura, convocar a un gabinete técnico de unidad e independencia política y conducirnos a las elecciones cuando ellas sean sanitariamente posibles. De lo contrario, la presidenta-candidata se verá reducida a la humillación de terminar en las profundidades del 4 % que le corresponden a su partido.