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En los 80 fueron enemigos acérrimos y se enfrentaron, literalmente, a sangre y fuego. El odio entre los cárteles de Cali y Medellín fue tan extremo, que la rivalidad futbolera entre Atlético Nacional y Deportivo Cali parece un juego de niños. Pablo Escobar en Medellín y los hermanos Rodríguez Orejuela en Cali, construyeron imperios en Colombia gracias al tráfico de cocaína y se enfrentaron a balazo limpio por las rentables parcelas del poder narco. 

Como suele ocurrir con este tipo de organizaciones criminales, la mayoría de sus miembros terminaron muertos o en la cárcel, mientras que sus líderes fueron abatidos, como “El Patrón del Mal” o extraditados a Estados Unidos, como los Rodríguez Orejuela.

Por años mucho se ha hablado de los sicarios de ambos cárteles, de las excentricidades de Escobar -incluido su zoológico privado- de los cerros de cocaína que exportaron a EEUU, de los tentáculos de corrupción que incrustaron en la sociedad colombiana y, como no, de sus acciones temerarias. Todo esto ha quedado reflejado en series como El Patrón del Mal o Narcos. Sin embargo, no mucho se ha abordado respecto del destino que corrieron los hijos de Escobar y Rodríguez Orejuela, y cómo han llevado el apellido de sus padres, dos de los criminales más conocidos y peligrosos de América Latina.

Debido a la pandemia de coronavirus, muchos han vuelto a observar el pasado, incluso el más traumático, y a sostener encuentros virtuales que en tiempos de normalidad hubiesen sido impensados. 

En ese marco, el próximo viernes 3 de julio, a las 20:00 vía Zoom, Juan Pablo Escobar y William Rodríguez Abadía, hijos de Pablo Escobar y Miguel Rodríguez Orejuela, respectivamente, se unirán en una conferencia que lleva por título “Dos hijos, dos padres, dos cárteles: Una historia de guerra y paz”, para conversar sobre el narcotráfico en los 80 y 90, pero también sobre sus vivencias personales. La conferencia es organizada por Partner360pro y los tickets pueden adquirirse vía Passline.

Pese a que ambos han contado sus historias en libros y entrevistas, será primera vez que los herederos de los capos de los cárteles de Cali y Medellín se “verán” frente a frente. A lo largo de sus vidas, Juan Pablo y William han transitado veredas opuestas: mientras el hijo de Escobar no se involucró en las acciones de su padre, el hijo de Rodríguez Orejuela llegó a convertirse en el tercer hombre del cártel de Cali, en una suerte de “heredero”. Eso le costó cinco años de cárcel. Eso sí, ambos fueron “expatriados” y no les ha sido fácil “reinventarse”.

Años atrás, William Rodríguez intentó explicar la distancia y la enemistad entre ambos cárteles: “Mi papá y mi tío, no querían ser presidentes de Colombia, ni senadores. Ellos confrontaron a este tipo (Pablo Escobar) que era lo contrario: quería ser presidente de Colombia, quería ser y fue representante a la Cámara. Al no lograr su objetivo decide atentar contra las instituciones, comienza a poner las bombas, a asesinar a personalidades de Colombia, a secuestrarlos. Nunca les perdonó que lo desafiaran”.

Rodríguez -que junto a Juan Pablo Escobar es embajador de la Organización Mundial por la Paz-, piensa que la pandemia efectivamente ayudó a concretar una reunión virtual con el hijo del jefe del cártel de Medellín. “Sí, hizo que las personas nos replanteáramos muchos aspectos de nuestra existencia que quizá habíamos olvidado”, comenta a La Tercera.

“Con William hemos venido conversando desde que escribió un capítulo para mi último libro “Pablo Escobar In Fraganti”, donde nos acercamos por primera vez, con mucho respeto y temores lógicos.

Para Juan Pablo, “el nombre Pablo Escobar vende, atrae. Es una mezcla de mitos y realidades, una conjunción de diferentes versiones políticas sobre unos hechos que afectaron no solo la convivencia, sino la economía y cultura de muchas naciones, dejando atrás un sin número de víctimas mortales”.

También apunta que algunas series se han olvidado “del respeto que le debemos a las víctimas” “Usan el nombre de mi padre tan alegremente que eso solo confunde a millones de jóvenes, retratándolo como si fuera otro icono más parte de una cultura pop”, dice.

“El señalamiento social es como un tatuaje que llevarás de por vida en la frente y es muy difícil de removerlo como sucede con los que te pones en la piel, requerimos de procesos muy largos para lograr borrarlos”, concluye William Rodríguez, que espera con ansias la conferencia de la próxima semana. (La Tercera)