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Las preguntas de los 100 días

Carlos Hugo Molina 30/6/2020 03:00

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Ni la imaginación más generosa pudo incorporar en el análisis lo que está ocurriendo en nuestras vidas. Esta obviedad nos debe llevar a reconocer algunas situaciones irrebatibles.

Viviremos con las medidas de bioseguridad como parte de nuestros hábitos cotidianos. Barbijo, lavado de manos, no tocarnos la cara, distanciamiento social estarán incorporados en nuestro comportamiento mientras no exista la seguridad de una cura o una vacuna.

Estamos comprobando lo que significa un cambio radical de vida y están apareciendo las preguntas sustantivas. ¿Cómo será mi trabajo de aquí en adelante? Esa parte de la economía, que tiene connotaciones mundiales, está siendo analizada en foros de toda naturaleza sin encontrar todavía una respuesta. Las preguntas sobre la comida, han ido encontrando acciones para la emergencia, compartidas entre los bonos, la solidaridad y la capacidad de producción alimentaria básica del área rural boliviana.

A pesar de ser cierto que los sistemas de salud no estaban preparados a nivel mundial para enfrentar esta pandemia, la obviedad no resulta un descargo cuando comprobamos la liviandad con la que se enfrentó la salud por parte del régimen de los 14 años y el desconcierto que todavía enfrenta el gobierno de la sucesión presidencial en dar la respuesta ordenada. A ello se suma la aparición de productos milagrosos que, frente a la ausencia de protocolos fiables y universales, incrementan los riesgos de la salud pública con supuestos medicamentos utilizados por la irreflexiva necesidad extrema.

Los sistemas de la administración pública han demostrado una imposibilidad operativa para actuar en consecuencia con el momento. Entre la pesadez de los procedimientos y la corrupción frente a las arcas abiertas por la urgencia, se ha concluido en una inacción riesgosa y casi antihumana. 

De este conjunto de inquietudes surgen otras preguntas generadas por la coyuntura electoral que debemos enfrentar.

¿La salud o el voto?, fue la primera reacción cuando constatamos el nivel de contagio en el que estamos hoy y se analiza la proyección conforme se acercará el 6 de septiembre. Encendidos debates explican que el acto de votar no significará un riesgo mayor que el ir al banco o al mercado, o los que, desde la preocupación de la salud, señalan que la votación obligatoria será una invitación al contagio. ¿El sistema electoral contará con las medidas de bioseguridad para quienes participen con calidad de jurados, integrantes de mesas, fiscalizadores, administradores, y los propios votantes? Y la pregunta lógica, si en este momento la urgencia es la vida, ¿no sería más comprometida con Ella el destinar los recursos donde se los necesita para paliar las carencias?

Estas cuestiones que incorporan dilemas éticos insalvables, se acompañan de las dudas que corresponderían a un proceso electoral normal. ¿Qué ofrecerán los planes electorales? Para no llegar a niveles grotescos de liviandad e irresponsabilidad en las propuestas, casi de imposible cumplimiento al depender de una economía mundial que aún no tiene las respuestas, tendremos que imponernos algunas condiciones mínimas para no reincidir en errores electorales.

Cada una de las propuestas requerirán la pregunta previa ¿será posible realizarse? que, además, deberá estar ligada a un análisis de consistencia de quién la realiza. El cinismo del MAS que pretende convertirse en salvador de una situación por la que no hizo mucho habiendo tenido el tiempo, los recursos y el poder absoluto para ello, y sobre lo que no ha dicho una sola palabra de reconocimiento de error, tendría que ser una razón humana para definir la necesidad de un cambio.

El electorado democrático tendrá que definir una posición y una conducta de voto útil que ya sabemos, funciona. La recomposición de las alianzas y la madurez de los líderes, será fundamental. ¿Cuándo se logrará?