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Hace una decada coincidí unos meses con el periodista y editor peruano Diego Salazar en Madrid. Me sorprendía la destreza con que Diego –ganador el año pasado en su país, junto a Gabriela Wiener, de un premio nacional de periodismo al mejor reportaje escrito– utilizaba el medio, su habilidad para buscar datos recónditos como un acucioso sabueso digital. Internet permeaba su forma de ver el mundo: una vez me contó que vio un dato interesante en un libro impreso y, de forma instintiva, hizo clic en el dato esperando que se abriera un enlace. Por eso me parece natural que él haya escrito No hemos entendido nada (Debate), uno de los libros más importantes sobre la crisis actual del periodismo, conectada, por supuesto, con el desafío de internet.

No hemos entendido nada funciona como crítica cultural y modelo de estudios de caso, en el que el periodista nos muestra paso a paso cómo arriba a sus conclusiones a partir de sospechas con conocimiento de causa, llamados telefónicos audaces y uso brillante de la lógica y el no tan común sentido común.

Salazar sugiere con acierto que el periodismo no captó que los nuevos medios producen siempre una reconfiguración del espacio. Internet trajo la rapidez, la competencia por el interés efí- mero de la gente, y la asfixia económica del periodismo. En vez de ver cómo adecuarse al nuevo momento usando sus armas tradicionales –la investigación pausada, la reflexión crítica–, los medios se dejaron llevar por el “inútil afán por imitar el vértigo de las redes sociales” y se pusieron a competir con internet. No solo perdieron en la batalla de los clics; de paso, también dejaron atrás las virtudes que les habían dado legitimidad.

Algunas investigaciones de Salazar son icónicas: la del ilustrador peruano que dijo que trabajaba en el New Yorker es la más conocida. Cristhian Hova mintió de manera descarada para promocionar su labor, y medios respetados como El Comercio se hicieron eco de la noticia sin verificarla, abdicaron a su responsabilidad ética y viralizaron la historia. Hay otros ejemplos fascinantes en el libro: todos los días existe en Perú algún acto de xenofobia hacia los venezolanos, pero los medios lo amplifican sacando una queja personal de alguien por Facebook y colocándola en un recuadro central, sin proveer de contexto, dar nombres o asumir una postura editorial (“esa invitación a la xenofobia es un daño colateral producido por la ausencia de un adecuado proceso de selección de lo que es o no es noticia”); la BBC difunde sin verificarla la noticia de una chica que sangra por los ojos, usando incluso las mismas fotos que le proporciona la chica (la noticia resulta falsa); Frida Sofía, la niña que las cuadrillas de rescate intentaban sacar de los escombros después de un terremoto en México, no existió jamás, pero los medios difundieron la noticia sabiendo que eso provocaría interés.

Diego Salazar sabe que las soluciones a la crisis no son fáciles en un panorama en el que no hay un nuevo modelo de negocio capaz de financiar las necesidades del periodismo (en EEUU el 85% de la inversión de publicidad en internet se lo llevan Google y Facebook), y en el que nos hemos convertido en grandes filtradores de noticias: solo leemos lo que confirma nuestra forma de ver el mundo. Pero también sabe que el camino a seguir no consiste en escribir artículos o publicar noticias basándonos en la capacidad de conseguir “me gustas”. Como bien dice, los medios “siempre han formado parte de la industria del entretenimiento, pero su valor principal… residía en su carácter informativo y en la confianza que la información que proveían despertaba en su audiencia”. Para recuperar la confianza es necesario que los periodistas y los medios comiencen por respetar el lento proceso de búsqueda de información, cuestionamiento y análisis de los hechos.