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Casi en simultáneo. En medio del penal de Miraflores, la expareja del presidente Evo Morales, Gabriela Zapata, compartía frutas, yogur y una Coca Cola con sus tías Carmen y Pilar Guzmán y les contaba detalles de las agresiones que recibió de parte de otras reclusas la noche anterior; mientras tanto, la ministra de Transparencia, Lenny Valdivia, mostraba en su despacho los depósitos de más de $us 297.500 en la cuenta personal de la reclusa, realizadas en siete meses por concepto de prestación de servicios ‘desconocidos’, según la autoridad.

Dentro del centro penitenciario, alejada de su fortuna, una Zapata sin maquillaje y sin el pelo recogido que acostumbra, se nota incómoda por la presencia de dos guardias que aparentemente charlan y juegan en la mesa contigua, ella las mira desconfiada, como también lo hace con todos los que la observan más tiempo del normal.

La situación no la hace bajar la voz ni la amedrenta para declarar, al abordarla accede y sus tías incorporan una nueva silla en su mesa. Al consultarle sobre su estado actual, responde que ha bajado ocho kilos desde su detención y que sobrevivió al sedante que le pusieron en una bebida y a una reclusa que se le abalanzó amenazando con matarla porque “con 20 años de condena no tiene qué perder”, pero fuera de eso ‘está bien’, dice que no tiene miedo.

¿Son ciertas las cantidades de dinero que se le atribuyen al otro lado de la urbe paceña? “No, no soy millonaria”, responde, pero se niega a dar un aproximado de su patrimonio. “Todo lo que tengo lo obtuve trabajando, solo cometí el error de acercarme a la persona incorrecta”, añade. No se refiere a Morales, habla de Juan Ramón Quintana, el único ministro que dice conocer, aunque no desea profundizar en el tema “¿Quiere que me maten?”, ella pregunta.

Los mensajes afectuosos que mostró en días pasados, intercambiados supuestamente con el ministro de la Presidencia, dice que jamás la incomodaron, ya que no había nada malo entre ella y el personaje que se había ganado su admiración.

Sobre otra investigación de Valdivia acerca del inmueble de la familia Fortún, por el que pagó $us 260.000, asegura que fue por el concepto de un anticrético, aunque existía la opción de compra.

Se terminó el horario de visitas. Concluye diciendo que pondrá su vida por delante para aclarar este caso y que pronto presentará más pruebas. Una guardia le ordena poner todo en su sitio, ella se despide y se aleja llevándose las sillas. A pocos metros, sus compañeras de cárcel, con gritos, cacerolazos y pancartas, denuncian que Gabriela miente y le piden que se adapte y deje de discriminarlas. Dicen que no cumple con sus obligaciones, la llaman mentirosa, pero también compañera de infortunio. Se cierran las puertas, atrás quedan más de 50 reclusas y Zapata