Opinión

Y aún hay quienes se sorprenden

Guido Alejandro Arana Hace 12/9/2018 8:00:00 AM

Es muy preocupante comprobar cómo aun hoy, y a 13 años de un gobierno que no ha dejado de dar muestras fehacientes de su desapego a las leyes y a la voluntad popular, todavía hay quien se sorprenda con los garrotazos que da de manera directa o a través de los otros poderes del Estado que están bajo su control. ¿Cómo es posible que haya habido gente confiada en que el Tribunal Supremo Electoral iba a actuar en consecuencia con los resultados del referéndum del 21 de febrero de 2016, convocado por el propio TSE, bajo presión del Gobierno y de su partido? Pues sí, hubo. Más de uno creyó en ese milagro.

Preocupa ahora más esa persistente credulidad de algunos en la independencia de unos poderes que hace tiempo están sometidos al control de Morales y su cúpula partidaria, que la nefasta apuesta prorroguista de estos. Esta última, ninguna novedad para quienes están sufriendo en carne propia los estragos provocados por el abuso de poder de Evo y compañía, y tampoco para los que acompañan de cerca los acontecimientos políticos que marcan el rumbo de Bolivia. Pero la primera, la ingenua creencia de que aún hay en quien confiar en las estructuras del Estado, sí sorprende. E insisto, preocupa.

¿Qué más debe ocurrir en Bolivia para que nos terminemos de convencer que estamos en manos de una cúpula gubernamental decidida a todo –lea bien, a todo– para perpetuarse en el poder? ¿No basta la suma de atropellos y violaciones a la Constitución vistos hasta hoy? ¿No fue suficiente el desconocimiento artero a la voluntad popular expresada en el 21-F? ¿Ha sido poca cosa el fallo del Tribunal Constitucional, abiertamente contrario a la misma Constitución que juró defender? ¿Resultaron escasas las evidencias anotadas y públicas del deterioro que padece el TSE? ¿Qué más debe ocurrir, acaso un autogolpe?

Preocupa aun más comprobar cómo hay sectores de la sociedad que, incluso teniendo pleno conocimiento de cómo va el Gobierno y cuáles sus propósitos, insisten no solo en hacer la vista gorda frente al avance de sus atropellos, sino que además se esfuerzan por rendirles pleitesías a los jefazos, preparándoles actos, tarimas y hasta premios y distinciones con los que pretenden ayudarles a disfrazar abusos o a atenuar la brutalidad de sus golpes. En muchos casos, reeditando atropellos, como el de presionar y hasta amenazar con castigos y despidos a los trabajadores o subalternos que se resistan a ser parte del circo.

Sectores y actores, habrá que remarcar. Muchos de ellos convencidos del discurso que les vendió muy bien y a precio alto el propio Morales, pero que hoy ya no tiene valor alguno. El discurso de la estabilidad. “Solo mi Gobierno les puede garantizar estabilidad”, les viene diciendo desde hace años, aludiendo de que estando él en el Gobierno ya no hay quiénes ni para qué se convoquen paros y bloqueos como los protagonizados por los cocaleros de Morales antes de que él llegue al poder. Un discurso desfasado, porque hace tiempo que en Bolivia no hay sosiego. Si antes eran los cocaleros por coca, ahora es la ciudadanía en todos sus estamentos la que está en las calles, en paro y bloqueando, por democracia.

Ahora peor que antes, vale la pena subrayar. Porque ahora lo que está en riesgo ya no es solo el derecho de algunos cuantos a cultivar coca excedentaria, como en los años de Evo líder cocalero, sino el derecho de todos los bolivianos a vivir en democracia, aun cuando esta es débil y está en construcción. Un derecho que debería ser defendido por todos, y no solo por unas cuantas plataformas ciudadanas organizadas y por aun menos actores políticos. El freno para que esta defensa no sea mayor y más contundente está tanto en manos de los funcionales al Gobierno, que creen asegurar ganancias con ello, como en las de los crédulos ya mencionados al inicio.

Qué pena que los bolivianos no podamos tener sosiego. Qué pena esta de tener que estar viviendo a sobresaltos, a expensas de los golpes arteros que da una cúpula cada vez más alejada del pueblo y de sus propias bases. Qué pena no poder dedicar este maravilloso espacio a historias de vida agradables y de verdad esperanzadoras. Lo siento, pero ahora no hay excusa posible para no apretar una y otra vez la tecla de defensa de la democracia.