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Las próximas elecciones están precedidas por una temprana campaña. Se tratará de elegir entre dos diferentes visiones de   país: la del oficialismo estatista y avasallador, frente a la diversidad opositora que reclama democracia y respeto a la ley y a la institucionalidad republicana. 

Por ello, hay una corriente que busca unificar a una oposición que, no obstante, tiene partidos y agrupaciones con ideologías opuestas, por no decir irreconciliables. Pero también es cierto que la mayoría de los opositores comparten el objetivo de luchar contra la corrupción y el flagelo del narcotráfico, además contra la constante demagogia. Seguramente hay otras coincidencias que incitan a conformar un frente opositor único, con un candidato que no genere divergencias. 

Esta visión, pese a sus elevados propósitos, se opone a la realidad: la diversidad y hasta la descalificación mutua entre sectores políticos -opositores ellos-, lo que hace suponer que, por ahora, una posible alianza no resultaría en un gobierno coherente y capaz de fijar cursos políticos coincidentes. Y esto es magnificado por el oficialismo, que ya demostró ser ducho para dividir. 

Pero no todo está dicho: el desgaste del régimen en más de una década de ejercer el poder discrecionalmente y tantos otros motivos de preocupación colectiva, han resultado, según encuestas creíbles, en una dramática caída del respaldo ciudadano al oficialismo.

No extraña, por ello, su denodado empeño en recuperar el apoyo perdido y que, para ello, ponga énfasis en la demanda planteada ante la Corte Internacional de Justicia para que Chile se avenga a negociar de buena fe una salida soberana al océano Pacífico. Pero la fanfarria, los banderazos, los viajes a
La Haya, las declaraciones, unas con optimismo injustificado y otras agresivas seguidas de pedidos de disculpas, no nos acercan a una pronta solución negociada de la mediterraneidad. Y esto también va a pesar en el ánimo de la ciudadanía a la hora de elegir un régimen.

Lo que vendrá, podría crear dos opciones: la permanencia, ya sea del actual régimen o de otro ahora opositor pero también defensor de un
Estado todopoderoso e hipertrofiado, frente a una alternativa de moderada función estatal, que sostenga entre sus metas el fin de la demagogia y el de las ya fracasadas empresas monopólicas del Estado; y que, además, respete los valores democráticos, la propiedad privada y la libertad económica, con miras a lograr prosperidad.