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El neurólogo Oliver Sacks se enfrentó en los últimos meses a la tarea más difícil con la que pueda lidiar cualquier pensador, sobre todo alguien que dedicó toda su obra a tratar de entender el funcionamiento de la mente humana: explicar su propia muerte.

En febrero anunció que padecía cáncer terminal de hígado y ayer falleció en Nueva York. Le ha dado tiempo a publicar sus memorias, On the move, que editará Anagrama en castellano y a escribir otros textos con su característico humor y lucidez.

La frase en De mi propia vida, que publicó The New York Times, resume sus reflexiones: “Por encima de todo, he sido un ser con sentidos, un animal pensante, en este maravilloso planeta y esto en sí, ha sido un enorme privilegio y una aventura”/El País