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Hipnotiza. Sorprende. Eriza la piel. Emociona. Eso es lo que hace Israel Alarcón Maizer cuando ‘levita’ con el poder del canto lírico sobre el escenario. Es una de las grandes voces bolivianas del momento, la gente se lo dice, él lo sabe y lo agradece. No siempre quiso ser tenor. Huyó de su destino hasta que la música lo envolvió en su magia. Ahora es otro.  

Todo tiene un porqué 
Tenía 18 años cuando una amiga lo llevó a un ensayo musical del colegio. Él solo sabía encestar la pelota y nada más. Creía que el canto lírico era “feo, aburrido y anticuado”. Pero, cuando probó de su savia, cambió. Y quiso más. 

Ese día le hicieron la prueba. Él cantó normalmente y le llovieron los aplausos. Formó parte del coro de Don Bosco y después lo invitaron al grupo Santa Cecilia. Pronto su voz lo llevó a Venezuela, Perú y Argentina, hasta que su ‘ascenso’ encontró un muro.

Sus padres le dijeron que debía estudiar una carrera universitaria y que la música “no era la adecuada para su futuro”. Obligado, soportó tres meses de Ingeniería de Telecomunicaciones. Aun así tenía buenas calificaciones. Pero, no pudo más. Le dijo a su familia que él quería ser artista y que “con o sin su apoyo”, igual lo haría.

Se fue a Cochabamba y estudió canto lírico. Después se ganó una beca para pasar el océano. Durante cinco años vivió a orillas del Rin, en Basilea, a un poco más de dos horas en tren desde Berna. Suiza lo formó. Y no todo fue un paraíso. Trabajó como profesor de salsa y hasta lavó platos en un restaurante argentino. Así obtuvo la licenciatura en Música con especialidad en canto lírico. Y volvió a su tierra.

Ofrece recitales inolvidables e interpreta las canciones en alemán, italiano, inglés, latín, francés y español; ahora practica en ruso. También toca todo tipo de instrumentos, como la guitarra, el bajo, la batería, el teclado y la percusión.

Se hace llamar el ‘estandarte popular del canto lírico’ y vaya que lo es. Su experiencia lo está llevando a encontrarse con el éxito y gracias a su talento infinito ha sido aclamado en La Paz y Santa Cruz. Cree que todavía le falta más. “No soy ni famoso ni conocido”, se dice a sí mismo. Pero eso no es ser negativo, simplemente es un reto para llegar a ser un grande, como Luciano Pavarotti y Jonás Kaufmann.

Arte para transformar

Ha comenzado un proyecto propio con varias aristas. Una de ellas es que la música puede cambiar las vidas de las personas, en especial a los jóvenes. Charla con ellos en los colegios, les habla del poder del histrionismo y les dice cómo él cambió de parecer. Lo que hace no es ir en contra de la corriente. “Es abrirle una nueva puerta a la marea para que entre”, dice.

“En Bolivia hay una cultura de ir a un concierto y embriagarse. Solo un 2% acude a escuchar música clásica”, lamenta. Y eso es lo que quiere cambiar. Estará socializando el canto lírico al menos a lo largo de este año y también pregonará la valorización del artista profesional en Bolivia.

“No por ser músico, tenés que hacer lo que sea”, subraya. “Ser artista es una profesión como cualquier otra, quizá hasta la más difícil de todas. Ya basta de que nos miren como un producto o un adorno para una fiesta”, dice.
Y tiene dos cosas claras. Una: el canto clásico ya dejó de ser elitista y es para todos. Dos: jamás sería político. “El arte está por encima de la política”, señala. 

No canta “en cualquier lado”, “cobra lo que vale” y pide silencio cuando interpreta un O sole mio. “Eso no es ego, solo valorarse”, insiste. Es una muestra andante de que sí se puede vivir de los escenarios. Su cuerpo, de 1,85 m, ya no brinca ni patea el balón en una cancha, lo usa para llevar un mensaje distinto. Y si antes pesaba casi 100 kilos, ahora practica crossfit y se cuida en la alimentación, porque “el aspecto visual” es muy importante. Eso es disciplina. Eso es un cambio. Es ser otro.