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El Gobierno venezolano celebra que en sus ciudades fronterizas estén apareciendo de nuevo los productos que normalmente escasean y que no haya filas para echar gasolina en las estaciones de servicio, mientras que al otro lado del río, en Colombia, ya hay letreros de "No hay". La revolución bolivariana lo considera una victoria del presidente Maduro, después de ordenar el cierre de la frontera el 19 de agosto y de haber decretado el estado de excepción en seis municipios.

Por el lado colombiano, Cúcuta vive una calamidad. No solo han llegado miles de deportados y retornados colombianos, a quienes el Gobierno venezolano señala como contrabandistas y paramilitares, sino que ya se empieza a sentir el impacto económico del cierre de la frontera. Los cucuteños compran gasolina venezolana, que se vende por pimpinas (bidones). No hay pimpinas a la vista y las que hay cuestan tres veces más.

“Somos unas 3.000 familias que vivimos del negocio de la gasolina y con el cierre de la frontera estamos igual que los deportados”, señaló un cucuteño a El País.