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Algunos historiadores de última promoción nos mienten el pasado a través de sus publicaciones, haciendo figurar como si fueran ciertos, hechos totalmente truchos. Dentro de esta especie (que se está expandiendo peligrosamente) encaja el señor Gustavo Rodríguez Ostria, que agrega una blasfemia más al inventario de falsedades, al adjudicarle al general en retiro Gary Prado la “ejecución del Che”, con la finalidad de mantener inalterable su aureola de ‘héroe nacional’, cuando este ni siquiera participó de su captura. Quien lo ejecutó a mansalva y sobre seguro fue el suboficial Mario Terán que, para armarse de valor, se metió entre pecho y espalda varias copas de singani, y aun así le temblaron ‘las bailadoras’ (ver La guerrilla inmolada, pág. 200, Editorial Punto y Coma, año 1987).

Se dice que el general Prado, en el momento de la supuesta captura, se encontraba a buen recaudo a una distancia de tres kilómetros del ‘campo de batalla’, siguiendo con sus binoculares, el desarrollo del cerco tendido contra un puñado de guerrilleros supervivientes. Incluso existe un libro cuyo título y el nombre del autor no es dable revelar porque llega al extremo de afirmar que el general jamás estuvo en combate, “y que la única vez que escuchó un tiro fue a tres metros, y fue en una práctica de tiro del Ejército”. Posteriormente escucharía otros – agregamos nosotros- en la toma del campo Tita que lo dejó baldado para siempre..

En el mejor de los casos, al general, se lo puede considerar como un receptador del paquete que le fuera entregado por sus soldados amarrado de manos para evitar cualquier tentativa de fuga, cuando el Che, ni siquiera podía moverse por sí mismo, por la herida de bala recibida en su pantorrilla, por el estado de completa inanición en la que se encontraba, y sin su reserva de adrenalina y cortisona que le ayudaban a mitigar en parte los intensos dolores que le provocaban el asma, su eterna compañera de viaje.

De manera que, en tales condiciones de indefensión absoluta, lo correcto es hablar de entrega para que nadie se arrogue el mérito de su captura y lo siga explotando indefinidamente. Con su carabina inutilizada, ni siquiera pudo darse el disparo que tenía pensado llevar a cabo para no caer en las manos del ejército barrientista, que era lo mismo que caer en las manos del imperialismo yanqui que, según la teoría más extendida, fue quien decidió su exterminio desde la Metrópoli. Los generales del Alto Mando, “héroes de retaguardia” (frase que en su tiempo acuñó Alcides Arguedas para referirse a los generales derrotados en la guerra del Chaco), solo oficiaron de simples testaferros y encomenderos que cumplieron la orden de sus mandantes con relativa eficacia, por cuanto el Che, resucita cada 9 de octubre en Vallegrande.