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Es otro modo de escribir y contar cuentos en tiempos de la modernidad y posmodernidad, más concretamente en la posmodernidad líquida. Tanto la modernidad como la posmodernidad líquida cambian, postulan nuevos parámetros, visiones y experiencias de vida. El fondo de la persona humana es el mismo, pero se expresa y vive con otras formas y modos de entender la existencia. A nuevos paradigmas, formas nuevas de expresión, otro modo de presentarse y comunicarse.

Hoy no tiene cabida el cuento moralizante de ayer. Hoy el cuento tiene que ser terapéutico, liberador, didáctico siempre, nunca impositivo, sino propositivo, sugerente, de propuesta libre que exige responsabilidad, e invita a subirse a la utopía, dime lo que sueñas y te diré lo que eres. El mundo del futuro es del que ofrece utopías.

En cada cuento de Máximo Hermano, late la gran pregunta de la mujer y del hombre de ayer y de hoy, sobre el sentido de la vida y el anhelo de felicidad. Toda la historia humana a lo largo de los siglos, se centra y concentra en la búsqueda de la felicidad.
El tema de la felicidad está presente en la especulación moral del pensamiento antiguo. Toda la ética griega y romana es eudaimonista. Se centra en la felicidad.

El pensamiento metafísico ontológico y antropológico antiguo analiza los logros de la relación entre la búsqueda de la verdad y la búsqueda de la felicidad.

El pensamiento universal nace y se inspira en la conexión entre la verdad y la felicidad. Cicerón afirma: “Es feliz el que busca la verdad, aunque no llegue a encontrarla”.

Las diferentes escuelas filosóficas coinciden en el contenido del concepto de felicidad, es decir, el fin supremo de la vida es alcanzar la eudaimonía, que hemos traducido impropiamente como felicidad. Sin embargo, la pluralidad de significaciones en que expresan la felicidad es esencialmente distinta, depende de cada época, país, grupo humano, cultura, comunidad o persona.

No olvidemos que a la justicia se llega desde proyectos de felicidad. Creo que en este marco existencial, se mueven los 22 cuentos para el alma.

Ciertamente insinúan y provocan caminos hacia la felicidad, hacia el encuentro, hacia el diálogo, hacia la comunión profunda, donde cada uno es él mismo y necesita y comparte el ser con los otros y para los demás.

Se me levanta una duda. ¿Los niños y niñas de hoy descubrirán el encanto, el ensoñamiento, la belleza, el sentido insinuado o profundo en cada cuento, en estos tiempos de la cibernética, de las redes sociales?

Para mí los 22 cuentos son remedio a tanta frivolidad, sería una respuesta a esa “trivialidad funcional” donde nadie hace nada por nadie. Tenía razón El Principito cuando afirmaba que como ya no hay mercaderes de amigos, ya no existe la amistad.

Y he observado tanta ternura concentrada, compasión (cum patere = sufrir con el otro), expresiones de amor, entrañamiento, que se barrunta en el fondo lo trascendental, sin nombrarlo.

Los 22 cuentos para el alma son un venero y un hontanar fecundo, donde se bebe y se vive la otra cara de la vida, metida en procesos de

humanización, personalización, sanación y liberación.

Se refleja en los 22 cuentos para el alma como otra visión y modelo de sociedad, desde una ética entendida, según Paul Ricoeur: “El deseo de una vida plena con y para los demás, en unas instituciones justas”.

El estilo ágil, provocativo, didáctico recomienda la lectura de los 22 cuentos para el alma – el camino de la felicidad.

Y concluye el relato estremecedor de los 22 cuentos para el alma con este sabio y lúcido aforismo: “Solo quedará el amor que hayamos dado”. Que es lo que había escrito el gran místico abulense San Juan de la Cruz: Al final de la tarde última de la historia, nos juzgarán en el amor. Y Dios es amor.