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Hoy millones de mexicanos votarán. Es el evento más importante de la historia de México si se toma en cuenta la cantidad de puestos de elección popular que están en juego en distintos niveles, desde el presidente hasta gobernadores y alcaldes. Cuatro son las ofertas presidenciales. José Antonio Meade, candidato de la coalición Todos por México (PRI, PVEM y Nueva Alianza), impulsa la continuidad del actual presidente, es un funcionario altamente capacitado con mucha experiencia en gestión pública alineada a los intereses de la clase empresarial. Ricardo Anaya, candidato de la coalición Por México al frente (PAN, PRD, MC), encarna la renovación de la derecha: es joven, rico, con formación académica y pocos escrúpulos. Andrés Manuel López Obrador encabeza Juntos haremos historia (MORENA, PT, PES), siendo el histórico líder de la izquierda que por tercera vez competirá por la presidencia. Jaime Rodríguez Calderón, más conocido como El Bronco, es el candidato independiente, y botón de muestra de la disfunción del sistema político en el país.

Algunas paradojas. Meade se presentó toda la campaña tratando de sacar provecho de los pocos logros de sus antecesores y buscando posesionarse como el más experimentando y que continuará con la agenda del gobierno actual. No pegó, le fue mal. Por su parte Anaya logró lo que en Bolivia se hizo en los ochenta: juntar lo que quedaba de la malograda izquierda del PRD con la renovación del PAN. Las contradicciones en su publicidad fueron patéticas, mientras que el PRD se autocalificaba como “la izquierda de hoy”, el PAN insistía en que las ideas de la izquierda son cosa del pasado. 

López Obrador, desde un inicio, cambió su estrategia y su discurso, en lugar de presentarse como el purista de ideales innegociables, se mostró como una opción realista de poder, con todo lo que implica, abrió las ventanas a moscas y mariposas. Tempranamente hizo alianza con el patito feo de la política nacional, el PES, partido de origen religioso, ferviente defensor de la familia tradicional y aguerrido opositor de los derechos de homosexuales, el aborto, etc. Además, eligió un eventual gabinete donde empresarios estén bien representados y en el cual los sectores tecnócratas se sientan incluidos. Parece que asumió la máxima “hay que saber sumar para poder dividir”. Por último, Jaime Rodríguez es el absurdo en la política, pide en un debate que se corte las manos a los corruptos. Es una pena que con él se haya quemado el cartucho de los independientes en México, lo que en algún momento pudo ser una opción de aire fresco y renovado.

La altamente probable victoria de López Obrador (lo sabremos al final del día), pone varios aspectos sobre la mesa. Primero, se trata de un candidato que viene de la clase media, estudió en la UNAM, vivía en un departamento barato y tiene un origen humilde de provincia. Va en contra de lo que se repite constantemente en México: “ser un político pobre, es ser un pobre político”.  Sin la carga simbólica de Lula -obrero- en
Brasil, ni de Evo -indígena- en Bolivia, quiebra con la tradición mexicana de que la política la hacen los millonarios. Por otro lado, se trata de un personaje honesto que ha pasado por la administración pública sin enriquecer sus cuentas, también extraño en este medio; por eso propone la lucha contra la corrupción como una de sus banderas. Su proyecto económico y social, lejos de acercarse a la opción venezolana o alguna otra latinoamericana, es de una intervención más sostenida del Estado en lo social (salud, educación), búsqueda de reducción de la desigualdad y nueva estrategia de lucha contra el narcotráfico y la violencia. 

No soy optimista. México está en caída libre sumido en la descomposición casi irreversible. La pregunta en las elecciones de hoy es si el resultado disminuirá o acelerará la velocidad de la caída. No tengo duda de que solo la opción de López Obrador es la que permitiría rebajar el ritmo del país que se desmorona a pedazos; pero no me hago muchas ilusiones, si le permiten llevar a cabo su proyecto, no será antes de una o dos generaciones que los resultados discretos empezarían a dejarse ver. Ojalá que hoy el país tome la ruta del largo camino de reconstrucción.