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Cuando la puerta de la embajada de Bolivia en La Haya se abrió, Mathías Forteau y Payam Akhavan se estaban despidiendo de un funcionario boliviano que, con cariño, les preguntaba si los volvería a ver para el juicio por el Silala. Los dos abogados que representaron a Bolivia en el juicio por el mar tenían esa sonrisa triste de quien recibe un pésame.

Arriba de las escaleras semicurvas de la casa angosta que acoge a la embajada de Bolivia, Eduardo Rodríguez Veltzé, Carlos de Mesa, Sacha Llorenti y Tuto Quiroga dan una conferencia de prensa. “Le debemos una explicación a Bolivia”, dirá el embajador Rodríguez Veltzé, como quien reza un Miserere.

La tristeza de los abogados

En la habitación contigua está Amy Sanders sentada junto a una mesa de comida que nadie tiene el valor de comer. Una mujer musulmana la surte a cada rato, pese a que nadie prueba bocado. Cuando la conferencia de prensa termina y los periodistas comienzan a cazar exclusivas que antes que termine el día se rotarán como una calesita, aparece Remiro Brotóns, que ya se ha peleado en Twitter con un tipo que lo identificó como “el llorón de La Haya”.

El académico español se tomó personal el trabajo como principal asesor de la demanda marítima boliviana. Con los ojos vidriosos, dijo que los jueces de la corte actuaron peor que Santo Tomás, que querían ver para creer, que no confiaron que Chile de verdad se había obligado a negociar tras una muy larga sucesión de ofrecimientos unilatelares y bilaterales que al final terminaban truncados. Dijo una frase clave: les faltó valor.

En el fondo, a la delegación boliviana le queda claro que el pedido a la corte era muy audaz para una nación pequeña. A Chile le funcionó llevar a Harold Koh como su portavoz principal y las advertencias agoreras que hizo terminaron por fijarse en la mente de la corte: “Fallar a favor de Bolivia era abrir una caja de Pandora”, les dijo.

Hay quien cree que pensaron en Palestina reclamando a Israel que cumpla con la negociación hasta llegar a término; con Irán pidiendo el desarme nuclear de Estados Unidos, con un mundo donde negociar significaba hacerlo de buena fe.

Remiro Brotóns estaba convencido de que este fallo iba a ser histórico, que se hablaría de él cuando todos los que participaron del mismo se hubieran muerto. No será así. En medio de las paredes blancas de la embajada hay gente que no quiere irse a su casa.

Todos tienen la certeza de que desde ahora el control lo tiene Chile y académico, embajadores y autoridades se quedan charlando en los pasillos, como negándose a despedirse, como sabiendo que quizás aquí murió algo que no volverán a ver jamás.