Desde la proclamación de su "califato" entre el Tigris y el Éufrates hace un año, el Estado Islámico (EI) se ha convertido en un grupo yihadista conocido por su violencia extrema que suscita terror y también atracción.

El 29 de junio de 2014, esta organización dejaba atónito al mundo anunciando la creación de un "califato" y pidiendo a los musulmanes lealtad a su jefe Abu Bakr al Bagdadi, el "califa Ibrahim". Prometía asimismo someter a "Occidente y Oriente".

Un año más tarde, el "califato" se extiende en un inmenso territorio de 300.000 km2, en gran parte desértico, que une el norte y el oeste de Irak al norte y el este de Siria.

Temor en la población 

El EI ejerce el poder con mano de hierro. Sus miles de combatientes, armados con equipo militar sofisticado, someten a la población y aterrorizan a sus adversarios.

El grupo utiliza la brutalidad como instrumento psicológico, recalca Karim Bitar, investigador del Instituto de Relaciones Internacionales y Estratégicas (IRI) de París.

"Al no retroceder ante la violencia extrema y escenificándola para producir una fuerte impresión, Daech [acrónimo árabe del EI] aplica una técnica en la que el impacto psicológico es más importante que las propias acciones", explica a la AFP este investigador.

"Fue esta guerra psicológica la que hizo que encarne, para Occidente, la amenaza absoluta", añade.

Las matanzas, con fotografías y vídeos difundidos a través de las redes sociales, se convirtieron en su sello de identidad. Comenzaron con la de unos 1.700 reclutas, en su mayoría chiitas, en Irak y le siguieron 700 miembros de una tribu sunita siria.

Ejecuciones y decapitaciones 

El grupo también ejecutó a soldados sirios, decapitó a cooperantes y periodistas, disparó a homosexuales desde tejados y quemó en una jaula a un piloto jordano.

El EI ha caído en "una especie de ritual de la violencia e incluso en una pornografía de la violencia" que le permite acaparar la atención internacional, recalca Peter Harling, experto en Crisis Group.
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