Opinión

La falsa lucha contra el racismo y la discriminación

Maggy Talavera Hace 3/18/2018 8:07:00 AM

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Un confuso incidente registrado al interior de un micro de servicio público en Santa Cruz de la Sierra, protagonizado por dos mujeres, una de batón y otra de pollera, se convirtió en pocas horas en una cuestión de Estado. Las máximas autoridades del Gobierno central, entre otras, el vicepresidente García y el ministro de Gobierno, no escatimaron esfuerzos ni tiempo para dedicarle al incidente sendas conferencias de prensa y declaraciones, en las que condenaron toda forma de racismo y discriminación. La condena señaló a la mujer de batón como victimaria y a la mujer de pollera, como víctima de racismo.

Todo fue veloz. La intervención del Ministerio Público, el inicio de acciones penales y una furibunda arremetida en las redes sociales contra la acusada de racismo, sostenida en un video que se hizo viral y que arrastró tras de sí, como un tsunami, a una tercera mujer que nada tenía que ver en el incidente, pero a la que clonaron con un perfil falso en una de las redes, generando más confusión que certezas. Increíble, pero este único incidente da para abordar más de un problema grave que afecta hoy a Bolivia. El del uso de perfiles falsos, la acción de troles y la irracional respuesta de la mayoría de usuarios en las redes sociales es uno de esos problemas. El racismo y la discriminación es otro, también grave.

Pero hay un problema mayor que se esconde tras los dos ya citados líneas arriba. Es el de la demagogia discursiva, la manipulación artera de la opinión pública, vista sobre todo en las cúpulas de poder. Hoy toca hablar del poder político, aunque es bueno dejar en claro que esas demagogia y manipulación están presentes también en las élites económicas. Y ambos poderes recurren casi siempre con éxito a esas armas perversas, porque cuentan a su favor con la ignorancia, la frágil memoria y hasta la apatía de unas mayorías y minorías que se dejan llevar por estrategias envolventes. Lo hemos vuelto a comprobar tras el caso que da pie a este artículo: salvo un par de excepciones, la mayoría de la gente, dentro o fuera de las redes, se ha dejado llevar por nimiedades que no van al fondo del problema.

El problema de fondo no está en si el video es real o montaje, o si la denunciada es o no es bipolar, o si las denunciantes son o no masistas. El problema mayor está en unas elites políticas que abusan de la demagogia discursiva y manipulación artera, y en una sociedad que reincide en el error de reaccionar sin reflexionar (o de compartir mensajes, fotos, memes y videos sin verificar la veracidad de los mismos, menos aun medir el impacto que pueden provocar). ¿Acaso no bastan las malas experiencias ya vividas aquí y vistas en el resto del mundo, provocadas por impulsos irracionales, para evitar repetirlas? ¿No bastan las mentiras oídas sobre racismo y discriminación, ni las falsas luchas contra ambas taras, para que cada vez que alguien quiera repetirlas sea desenmascarado en el acto?

Esto vale para los cientos de miles comentarios racistas que circulan en las redes, unos más terribles que otros, pero también para cada uno de los dichos por autoridades que, como en este caso, salen con la bandera de la lucha contra el racismo y la discriminación. Uno de los ejemplos más patéticos es el del vicepresidente, ¿puede él abanderar esas luchas, cuando viene alentando desde hace años embates racistas y discriminación contra cualquier ciudadano que no comulgue con su voluntad y con la de su cúpula partidaria? Me viene a la memoria la violencia ejercida por afines al MAS contra el exvicepresidente Víctor Hugo Cárdenas y su familia, en marzo de 2009, hace ya nueve años: los golpearon, los expulsaron de su vivienda y de su pueblo, ante la mirada y voz condescendientes del Gobierno y del mismísimo García. No les valió ser aimaras, la esposa una mujer de pollera y todos orgullosos de su origen. ¿El ‘delito’? No ser obsecuentes al MAS.

Cito este caso, por emblemático y porque ayuda a desenmascarar a los hoy abanderados de la lucha contra el racismo y la discriminación. Pero hay muchísimos más. Y los seguirá habiendo, por miles, mientras no seamos capaces, como sociedad diversa y plural, de ver que somos parte del problema por partida doble: por reincidir en el error de repetir los defectos y abusos que criticamos en otros, y por flojearla cada vez que nos toca cumplir con la tarea de recuperar memoria y desenmascarar a los impostores. Una tarea posible sin recurrir a otra arma que no sea la de la razón. Sin artificios siempre es mejor.