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No hay duda de que el género humano hasta ahora no ha ideado un sistema efectivo  para preservar la paz entre las naciones. Y no es que no haya procurado concertar acuerdos globales con este objetivo. Un intento fue la Liga de las Naciones, luego de la I Guerra Mundial. Pero este buen propósito quedó frustrado por la II Guerra Mundial -entre 1939 y 1945- más cruenta y que, al final, dejó como amenaza latente un enfrentamiento nuclear que puede poner en peligro la vida en el planeta.

Entonces, las potencias aliadas contra el eje liderado por el nazismo resolvieron crear un nuevo ente mundial -la Organización de las Naciones Unidas-, con el mismo objetivo de su predecesora: preservar la paz, además de alentar la cooperación internacional. El resultado de las acciones de la ONU, pese a notorios esfuerzos, no es satisfactorio. Sus miembros no han encontrado fórmulas efectivas para evitar guerras localizadas que, desde 1945 hasta ahora, han ocasionado millones de muertos. Claro está que hubo buenas intenciones de los que dirigieron la organización; también hubo acciones extraordinarias; por ejemplo, cuando la ONU enfrentó -con una fuerza internacional y con la participación decisiva de EEUU— la invasión de Corea del Norte a Corea del Sur.

La ONU, luego de esta experiencia creó una fuerza permanente de paz —los Cascos Azules— para preservar enfrentamientos y separar contendientes. Pero estos no tuvieron la fuerza requerida, ni hubo determinación de los miembros de la ONU para dotarles de medios suficientes para actuar frente a conflictos, como los recientes: la anexión violenta de Crimea por Rusia a costa de Ucrania; tampoco tuvo la posibilidad de terminar con la terrible guerra civil en Siria, en la que hay intervención de terceros países.

Los Cascos Azules, desplegados en la República Democrática del Congo: un país azotado por la violencia de grupos antagónicos de diversa orientación, hace pocos días fueron atacados en la región de Kivu Norte por una banda armada, con un saldo de 14 muertos y 53 heridos. En verdad, servir de muro de contención entre facciones resueltas a usar la violencia, careciendo de la medios suficientes para enfrentar semejantes desafíos, muestra que no hay decisión para cumplir efectivamente con la labor para la que fueron creados.
Estos pocos ejemplos -hay más- inducen a preguntar si la ONU, con una larga familia de organismos, es la repuesta adecuada para lidiar contra la guerra, el terrorismo y así preservar la paz y los derechos humanos.