Opinión

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La soberbia del poder

Norah Soruco Norah Soruco Hace 3/26/2018 7:30:00 AM

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Independientemente del desenlace que pueda tener, el juicio contra un expresidente, junto a uno de sus ministros en Estados Unidos, es emblemático respecto del significado para el país y para quienes siempre, siempre transitoriamente, ejercen el poder.
Hubo otros contra los protagonistas de gobiernos de facto, pero este adquiere singularidad por tratarse de gobernantes que en democracia usan el poder de la coacción contra sus mandantes en nombre del bien colectivo, muy lejos de las circunstancias que hubieran dado lugar a la denominada ingobernabilidad que los justifique; juicio que, por cierto, no alcanzará a los radicales y agresivos incitadores de las nefastas jornadas y, muchas veces, sus principales propulsores con signos de una venganza y un estandarte que los absuelva en la conciencia colectiva, a costa del genuino dolor de las familias de las víctimas que sinceramente reclaman justicia y resarcimiento.

Lo nodal del hecho, sin embargo, reside en una dimensión intangible pero real, el ‘síndrome del poder’', conjunto de síntomas del mal que ataca a cuanto mortal lo asume, único y concentrado en Bolivia, que no se resiste. Se ha devaluado de tal manea la acción de gobernar, que poco o nada se exige de madurez, responsabilidad, consecuencia e integridad moral para  ejercerla.  
Así, con pocas excepciones, observamos cómo la falta de realismo, de humildad y de sencillez en el ejercicio de la más alta dignidad del Estado, abren paso a la soberbia del exclusivo dueño de la verdad  y de decisiones que involucran a todos, siempre en compañía de un entorno supuestamente incondicional que la nutre y donde jamás se dará cabida a opinión ni consejos distintos, por atípicos y poco útiles. 

La desobediencia de los gobernados, ya suplantada la condición humana por la inefable soberbia, aconsejará las medidas necesarias del libreto del poder, aunque impliquen violencia y muerte en aquella masa amorfa, cuyas vidas poco importan en el vertiginoso propósito de la imposición, entre una y otra parte de los conflictos. Pero, las consecuencias llegan, son implacables y suelen brotar cuando el poderoso está viejo, cansado o enfermo, pero sobre todo solo, y debe enfrentar un juicio, ausentes ya los incondicionales y los intereses que lo estimularon.

¿Podrá servir de ejemplo para los sucesores este hecho emblemático? ¿O seguirá repitiéndose la experiencia irreflexiva por los siglos de los siglos, sin vacuna posible contra el grave síndrome de la soberbia y el ‘manual del poder’, a costa de las vidas de los considerados ‘daños colaterales’? Es de esperar que las nuevas generaciones por la salud de la democracia y del buen gobierno, nos muestren nuevas formas de hacer política.