Opinión

Sobre la “ideología de género”

Pablo Javier Deheza Pablo Javier Deheza 25/2/2019 06:00

Escucha esta nota aquí

La palabra familia proviene del latín ‘famulus’, que significa sirviente o esclavo. Así, en la civilización occidental, por familia se ha entendido históricamente al conjunto de subordinados, incluyendo mujer e hijos, que se consideran patrimonio del señor de la casa. En esa noción está implícito un orden jerárquico patriarcal que es una construcción deliberada, ideológica y de poder, que se enseña y repite desde diversas instituciones (escuelas, iglesias, leyes, artes, costumbres, universidades, etc.), convirtiendo esa representación en algo ‘natural’, ‘universal’, ‘sagrado’; es decir, consolidándola como la ideología dominante.

Se trata de un dispositivo de poder, tal como lo define Michel Foucault. Es decir, “unas estrategias de relaciones de fuerzas soportando unos tipos de saber, y soportadas por ellos”. Gilles Deleuze complementa indicando que se trata de una “máquina de hacer ver y de hacer hablar”. Son construcciones destinadas a hacernos ver las cosas de una determinada manera y de explicar el mundo desde esos cánones. El dispositivo siempre es dinámico, está en permanente ajuste, buscando cómo sostenerse, tanto con medios discursivos como con otros que aparecen implícitos, incluyendo el uso mismo del lenguaje. Por ejemplo, no es lo mismo referirse al padre de familia o a la madre de familia.

Friedrich Engels, en su libro El Origen de la Familia, la Propiedad Privada y el Estado, observa que esta estructura familiar no es “natural” ni mucho menos “universal”, sino el resultado de una forma de organización de la sociedad y la producción, particularmente cuando se desarrolla la agricultura y se genera excedente; esto es, se origina la propiedad privada que va a ser heredada por línea paterna, dado que en el mundo agrario la tierra y el trabajo del hombre son los principales factores de producción. En las comunidades recolectoras prima el orden matriarcal, algo que se puede observar hasta el presente en diversas latitudes del mundo.

Frente a todo ese bagaje previo, a partir del Siglo XIX, cuando va emergiendo la sociedad industrial, comienzan a escucharse las primeras voces feministas que interpelan esta idea dominante de ‘familia tradicional’, como a la sociedad moderna patriarcal como tal; lo que llevará a que las mujeres accedan al derecho al voto, estudio, trabajo, divorcio, etc. Esto recién es posible en un mundo ya no agrario.

Lastimosamente, estos importantes avances en favor de los derechos de las mujeres y otras alternativas de género hoy en día están teniendo como correlato la emergencia de una ola de violencia machista global en su contra que tienen como común denominador el resentimiento masculino por la competencia femenina que emerge en el acceso a oportunidades previamente reservadas exclusivamente para los hombres. Hay un anhelo por volver a gozar del rol jerárquico anterior, aunque resulte políticamente impresentable.

El despliegue institucional a favor de la preservación de la “familia tradicional”, es llevado adelante principalmente desde púlpitos religiosos y palestras políticas conservadoras. De manera paradójica, es desde ahí que se gatilla el discurso contra la “ideología de género”, que es la denominación a la que se apela para “denunciar” las voces que cuestionan la ideología patriarcal dominante contenida en el dispositivo de la “familia tradicional”. En un mundo posindustrial, donde la fuerza bruta masculina ya no determina la producción, esa estrategia machista resulta insostenible y de hecho no lo hace.