Escucha esta nota aquí

Los retos estratégicos de la ciudad de Santa Cruz de la Sierra tienen que ver con la seguridad ciudadana, la movilidad o el tema de transporte, el sistema de abastecimiento de la ciudad, para mencionar los temas álgidos que requieren ser priorizados; pero ¿Cómo encarar estos desafíos en un ambiente en el que prevalece el interés particular, el interés corporativo por encima del interés general?

La respuesta a esta interrogante nos induce repasar las buenas prácticas extraídas de ciudades vecinas que enfrentaron situaciones similares o aún más complejas que la nuestra como el caso de Bogotá, Medellín, Curitiba, San Pablo o Lima en el último tiempo. ¿Qué lecciones podemos extraer de estas experiencias?

Como en el caso nuestro, los espacios públicos de las ciudades mencionadas estaban prácticamente copados y privatizados por el comercio informal, las vías de acceso dominadas por los transportistas, la seguridad en manos exclusivas de policías generalmente corruptos; ante lo cual los alcaldes convocaron a las ‘élites que mueven las ciudades’, entendidas no como las adineradas o de sangre azul, sino como los actores clave que pueden modificar el pensar, el sentir y el actuar de amplios sectores de la ciudadanía, como los líderes de opinión, el líder de los vecinos, de los profesionales, de las iglesias, del sector académico, de los transportistas, el líder de los vendedores ambulantes, pero también es parte de la élite el gran banquero, el líder de los empresarios o la líder de las trabajadoras sexuales.

Sin embargo, sabemos que cuando se tiene a la ‘élite de la ciudad’ alrededor de una mesa, si bien se tiene toda la información, todos los recursos, toda la legitimación, pero también es sabido que cada uno de los actores se asume como poseedor de la verdad y antepone sus intereses particulares sobre los intereses generales. La fórmula ante ello fue abandonar la idea de hacer proyectos para la ciudad, tomando la ciudad como proyecto de bien público y por tanto de igual calidad para todos, máxima con la cual se convocó a las élites para definir de manera concertada la ciudad que queremos, expresada en una frase que en el caso de Bogotá se tradujo en el imaginario de “una ciudad  segura, una capital productiva y una ciudad para el bien vivir”, la misma que luego de ser suscrita por 132 líderes de la élite bogotana fue impresa en 10 millones de copias y entregadas a la ciudadanía por intermedio de los líderes gremiales, del transporte, universitarios, vecinales y comprobando luego de 48 horas la adhesión del 92% de la población.  

Una vez que el imaginario de ciudad construida por las élites es suscrito por todos los ciudadanos y quedando claro que son objetivos que maximizan los intereses de cada uno de los actores de la élite, puesto que una ciudad segura, productiva para el bien vivir les sirve a los banqueros, a los transportistas, a los gremiales, a la iglesia, a los jóvenes. El aprendizaje es que se logra sustituir la negociación territorial, la negociación del poder por el cual “yo cedo hasta acá y tú hasta allá”, negociación a la que estamos acostumbrados y que se traduce en una guerra diferida, es sustituida por la práctica de negociaciones espaciales buscando un bien superior, una imagen objetivo compartida de ciudad, en función del cual se subordinan los objetivos sectoriales y se evitan asimetrías que podrían generar colisión de intereses. Por ello fue posible construir el Transmilenio, como sistema de transporte masivo en Bogotá o relocalizar el comercio informal que poblaba todo el centro de Lima hasta hace poco o  disminuir los altos niveles de inseguridad bajo el enfoque de ciudad segura como una acción centrada en la prevención y la generación de una cultura ciudadana, en resumen estas extraordinarias transformaciones solo fueron posibles al sustituir el sistema  tradicional de ganar/perder por el sistema de ganar/ganar, el único que  permite el desarrollo con equidad.