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En 2019 se elegirá presidente y vicepresidente del país, y senadores y diputados. A la vez se definirá la continuidad o no del régimen actual del Movimiento al Socialismo (MAS). Esto es si se cumple con la Carta Democrática Interamericana –Bolivia la suscribió y está vigente– que establece, entre otros, los siguientes elementos esenciales de la democracia representativa: “la celebración de elecciones periódicas, libres, justas y basadas en el sufragio universal y secreto como expresión de la soberanía del pueblo; el régimen plural de partidos y organizaciones políticas; y la separación e independencia de los poderes públicos”. (Art. 3). Hay dudas de su cumplimiento.

No es desconocido que hay actitudes que están mostrando el carácter opuesto al democrático, que es esencial en una elección: la amenaza de emplear la violencia si gana un candidato opositor, como lo anunció un dirigente del oficialista en el Chapare, y que no fue desmentido por la cúpula gobernante. Esto de la violencia, es solo uno de los factores que incidió en el ánimo de la ciudadanía para el rechazo en febrero de 2016 a la reelección indefinida del actual binomio presidencial.

Las expectativas varían según provengan del gobierno –ahora empeñado en su continuidad sin término–, o de los partidos y grupos opuestos al régimen que propician el cambio. Pero no están ausentes las sospechas de que no se cumplirán las reglas democráticas y que hay candidatos que le hacen el juego al oficialismo prorroguista. Es que hay signos preocupantes: los jerarcas del partido en el gobierno que repiten: “No somos inquilinos, hemos llegado para quedarnos para siempre”. Pese a ello, para la mayoría de los opositores esta es la oportunidad para terminar con un largo periodo de errores, abusos, ineficiencia, derroche y corrupción.

Para los opositores, ganar significaría lidiar con un pesado legado populista. Más aun cuando ha terminado el boom de los altos precios internacionales de los productos que exporta el país, como el gas y los minerales. De darse ese triunfo opositor llegaría la hora de cerrar un largo capítulo en el que los signos predominantes fueron –y aún son– la ineficiencia y el derroche, entonces habrá que ajustar los cinturones, y eso, aunque necesario, no es popular.

Y la pregunta crucial: ¿Será deseable ganar en estas circunstancias…? Sí. Vale la pena intentar el triunfo para recobrar valores, principios y la elemental racionalidad ahora perdida. Una sociedad, sin estos atributos, siempre cae en la tiranía, el caos y, finalmente, en el atraso, la pobreza y el desaliento. Así llegan los fracasos…